domingo, agosto 15, 2010

De siempre un pringao.

Tengo pendiente un post analizando lo peor de mí mismo en el último par de años, con el título provisional de: ‘Perro judío’, pero aún no encuentro la inspiración y el tono para escribirlo. Mientras tanto, relataré un episodio de mi vida que ocurriese el pasado viernes y que es la prueba fehaciente número cuatromilypico que me identifica como un verdadero pringado.

Como la mayoría de la gente sabe, colecciono tebeos, en especial me gustan los comics de superhéroes.

Con la frase inmediatamente anterior ya está de sobra justificada mi inclusión en el paradigma de los menosmola. No me llevo a engaño. Leer comics no es de gente guay. Por mucho que todas las revistas de tendencias pongan una sección dedicada a las novedades del comic underground o europeo (mismo perro, distinto collar) o quieras vender la biblia de que son el séptimo arte, no son más que cortinas de humo para justificar disfuncionalidades de una afición mal vista si tienes más de 14 años.

¿Quieres decirme que leer comics es cool? Muy bien, allá tú, a otro perro con ese hueso, yo basándome en veinte años de lectura y coleccionismo de tebeos opino todo lo contrario. Pasemos a la anécdota ejemplificadora:

Como decía; el pasado viernes tuve un nuevo incidente que me llevó a reinterpretar el lugar mi afición y a mí mismo como un auténtico perdedor dentro del mundo real. Fui a una tienda de libros de segunda mano donde por Internet había comprado unos tebeos del principios de la década de los 90 del Capitán América & Thor que faltaban en mi colección. Como coleccionista me preocupaba el estado de conservación de los mismos y cuando me los dieron, me dediqué a examinar su estado hojeando las páginas. Cuando de repente, aparecieron en el interior de un ejemplar un par de hojas de papel plateado ennegrecido y las coloqué sobre el mostrador. En ese instante pensé que se trataban de papeles de calco como los que utilizaba de pequeño (en la era pre-internet) para copiar desde un libro de texto un mapa de Europa o de los ríos de España. Y ese razonamiento me llevó a pensar que el anterior propietario habría calcado los dibujos del comic dejando en el mismo algunas marcas de los dibujos y del calcado. (Cualquier marca afecta al comic notablemente, por supuesto).

Entonces, mientras yo estaba ensimismado comprobando mis tebeos, el librero/tendero se percata de los dos papelillos plateados que estaban encima del mostrador. Alucinando me pregunta: - ¿Y esto qué hace aquí? – Yo le respondo que los había encontrado en el interior de los tebeos, sin darle la más mínima importancia. Y me dice - ¿Pero tú sabes lo qué es eso? – Por suerte no contesté que creía eran papeles de calco, como en mi bendita inocencia había supuesto.

El caso es que eran papelillos empleados para fumar cocaína que estaban en el interior de un tomo retapado del Capitán América. Y al verlos mi cerebro en vez de pensar en el consumo de drogas pensó en calcar dibujos de superhéroes. ¿Por qué? Ya te lo digo yo, porque soy un pringao.


El Capitán América de Mark Gruenwald. Al parecer, ideal para fumar crack.

Hasta la próxima.

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