sábado, julio 24, 2010

Internet mató al radioaficionado

Siento una suerte de fascinación hacia las aficiones obsoletas. Por ejemplo escribir en un blog, diréis los más maliciosos. Me alienta que aún existan los jugadores semiprofesionales de petanca, las asociaciones de punto y ganchillo, voladores de cometas, coleccionistas de maquetas de tren o cualquier zarandaja similar que parezca sacada otras épocas absolutamente destecnificadas. Mi atracción hasta estos loisirs es intensa pero superficial, no va más allá del curioseo distante y de conocer su existencia me colma sin necesidad de saber mucho más.
Desde hace un par de meses, he descubierto una de estas minorías que se reúne los fines de semana delante de mi casa para llevar a cabo su actividad. Un grupo de radioaficionados. Un hobby que para el ojo inexperto en la era de Internet pudiera parecer tan anacrónico como un teléfono hecho con dos vasos de plástico y un cordel, parece ser que sigue teniendo su grupo de aficionados incombustibles.

Sólo tengo un recuerdo vívido de haber conocido a un radioaficionado, J.E. un joven que me marcó para siempre. Le conocí el mismo día de su boda (a la que estaba incomprensiblemente invitado) y al día siguiente nos enseñó su casa construida a capricho en una parcela que tenía. Dicha parcela estaba flanqueada por cuatro altas antenas repetidoras para poder desempeñar su pasión sin cortapisas.
Creo que no importa el tiempo que pase, seguiré dando la tabarra con anécdotas de esa boda, ese finde semana y el genial J.E. mientras me quede aliento.

Por desgracia los radioaficionados que se arremolinan en el aparcamiento delante de mi hogar, no son ni mucho menos tan interesantes como J.E. El caso es que por alguna razón que mi simpleza tecnológica no alcanza a comprender las conversaciones de los radioaficionados de mi barrio se reciben perfectamente a través del altavoz del ordenador y para dejar de escuchar debo apargarlo. El primer día que esto ocurrió me pareció genial, ya que la posibilidad de cotillear impunemente es un valor en sí mismo.
Aunque el peso de la realidad hizo que rápidamente creciera el desinterés hacia los objetos del cotilleo y aumentara la molestia que me procuran al usar el ordenador los fines de semana.

Como escribía anteriormente los radioaficionados locales son un poco coñazo, ya que sus conversaciones carecen de interés. Para empezar no emplean como yo quisiera el alfabeto militar internacional y no entiendo porqué con lo que farda hablar con él. Además hablan entre ellos por la radio en coches aparcados juntos. Supongo que entrarán en la ecuación otros participantes un poco más alejados, porque sí no fuera así no entiendo porque no se meten a un bar a hacer exactamente lo mismo. Las conversaciones giran en torno a tópicos de conexión dialogal (¿qué tal?, hace fresco, etc.) y chanzas bobas y/o dignas de bofetón (por ejemplo uno especialmente cargante estuvo la semana pasada diez minutos – hasta que apague en ordenador - hablando en perfecto castellano fingiendo acento italiano cutre). En definitiva su forma de enfocar su afición me parece una total pérdida de tiempo. Pero claro, si pienso críticamente comparando a esta gente con las horas muertas que dedico a Facebook, por ejemplo, no quedaré en mucho mejor lugar.

En fin, es obvio que hablo desde la suma ignorancia y el desconocimiento, pero no entiendo porque no se organizan un poco mejor y utilizan sus automóviles con radio para realizar persecuciones o jugar al escondite por el municipio. ¿No molaría mucho más?

martes, julio 20, 2010

El ciclista.

‘Lo que Anquetil necesitaba era fe. Y para tener una fe inquebrantable no hay como estar equivocado.’ Tim Krabbé

He perdido mi hábito lector.

Desde hace un par de años apenas leo libros. Lejos quedan mis registros de lecturas anuales que superaban la media de novela por semana. Las razones de mi cambio son muchas, pero se condensan en la progresiva desilusión vital hacia cualquier actividad que otrora me causara placer. Más muescas de podredumbre existencial que voy acumulando con la vejez. Esto se tiene que acabar aquí. Debo patalear entre estas arenas movedizas antes de hundirme del todo. Por dejcontado que no busco aprender nada, ni mejorar como ser humano, ni anhelo esa ruindad de tirarse el rollo cultureta con jovenzuelas post-universitarias, ni nada por el estilo. Sólo quiero recuperar el placer que antes sentía al devorar una novela y que por alguna razón se ha diluido en mi vida.
Este verano (entre otros propósitos) me he propuesto desoxidarme y trincarme una novela por semana. Total, poco más tengo que hacer.

Aunque ya había empezado con un libro sobre la génesis e historia de la pornografía norteamericana [El otro Hollywood: Una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno – de Legs McNeil y Jennifer Ousborne], es otro libro el que me ha dado el pistoletazo de salida. Se trata de ‘El ciclista’ del holandés Tim Krabbé.

Un libro del que puedo presumir de haberlo leído de un tirón en un solo día. Llegué a él de la forma más peregrina, por su título y a continuación por su argumento. No sé por qué desde hace mucho tiempo he tenido la impresión de que estaría bien leer una novela que hablase sobre el ciclismo desde la óptica de sus sufridos protagonistas. Seguramente habrá escritas cienes de ellas. Seguramente novelas de narradores objetivistas gabachos que habrán dado su testimonio coñazo acerca del Tour de France, pero nunca habían llegado a mis manos.
El ciclismo no es que me interese mucho, seguir las retransmisiones me parece soporifero aunque al menos valoro el sobrehumano esfuerzo humano que conlleva. Eso es un deporte y no las careras de coches y motos. El caso es que no recuerdo haber estado al tanto de una competición ciclista desde que tuviera edad de jugar a las carreras de chapas. Los tiempos heroicos de Laurent Fignol, Marino Lejarreta, Gianni Bugno, Tony Romminger y sobre todos ellos el gran Prudencio Indurain (¿Miguel qué?). Por alguna razón rondaba por mi cabeza la idea de que el tema ciclista que sería excelente material literario y al ver una ocasión de comprobar su concreción en un libro no perdí ocasión.

Saqué el ejemplar de la biblioteca hace un par de semanas y anteayer de buenas a primeras decidí empezarlo para no dejarlo en todo el día. La novela trata de una carrera en 1977, el tour de Mont Aigoual en la que el narrador/protagonista va relatando su participación en la misma durante sus 137 kilómetros y en los que va intercalando historias y anécdotas sobre el ciclismo y sus celebridades. Puede que no suponga la invención de la rueda, pero es un librito que me ha encantado por su impecable desarrollo y por tener el tono adecuado para el tema que trata. No voy a desvelar nada del argumento pues es irrelevante(y de pésimo gusto de cara a que alguien que desease leerlo), pero si puedo dejar constancia de mi enérgica recomendación. Ojalá mis próximas lecturas veraniegas den igualmente en el clavo.

Hasta pronto.

Lo + seguido