domingo, agosto 15, 2010

De siempre un pringao.

Tengo pendiente un post analizando lo peor de mí mismo en el último par de años, con el título provisional de: ‘Perro judío’, pero aún no encuentro la inspiración y el tono para escribirlo. Mientras tanto, relataré un episodio de mi vida que ocurriese el pasado viernes y que es la prueba fehaciente número cuatromilypico que me identifica como un verdadero pringado.

Como la mayoría de la gente sabe, colecciono tebeos, en especial me gustan los comics de superhéroes.

Con la frase inmediatamente anterior ya está de sobra justificada mi inclusión en el paradigma de los menosmola. No me llevo a engaño. Leer comics no es de gente guay. Por mucho que todas las revistas de tendencias pongan una sección dedicada a las novedades del comic underground o europeo (mismo perro, distinto collar) o quieras vender la biblia de que son el séptimo arte, no son más que cortinas de humo para justificar disfuncionalidades de una afición mal vista si tienes más de 14 años.

¿Quieres decirme que leer comics es cool? Muy bien, allá tú, a otro perro con ese hueso, yo basándome en veinte años de lectura y coleccionismo de tebeos opino todo lo contrario. Pasemos a la anécdota ejemplificadora:

Como decía; el pasado viernes tuve un nuevo incidente que me llevó a reinterpretar el lugar mi afición y a mí mismo como un auténtico perdedor dentro del mundo real. Fui a una tienda de libros de segunda mano donde por Internet había comprado unos tebeos del principios de la década de los 90 del Capitán América & Thor que faltaban en mi colección. Como coleccionista me preocupaba el estado de conservación de los mismos y cuando me los dieron, me dediqué a examinar su estado hojeando las páginas. Cuando de repente, aparecieron en el interior de un ejemplar un par de hojas de papel plateado ennegrecido y las coloqué sobre el mostrador. En ese instante pensé que se trataban de papeles de calco como los que utilizaba de pequeño (en la era pre-internet) para copiar desde un libro de texto un mapa de Europa o de los ríos de España. Y ese razonamiento me llevó a pensar que el anterior propietario habría calcado los dibujos del comic dejando en el mismo algunas marcas de los dibujos y del calcado. (Cualquier marca afecta al comic notablemente, por supuesto).

Entonces, mientras yo estaba ensimismado comprobando mis tebeos, el librero/tendero se percata de los dos papelillos plateados que estaban encima del mostrador. Alucinando me pregunta: - ¿Y esto qué hace aquí? – Yo le respondo que los había encontrado en el interior de los tebeos, sin darle la más mínima importancia. Y me dice - ¿Pero tú sabes lo qué es eso? – Por suerte no contesté que creía eran papeles de calco, como en mi bendita inocencia había supuesto.

El caso es que eran papelillos empleados para fumar cocaína que estaban en el interior de un tomo retapado del Capitán América. Y al verlos mi cerebro en vez de pensar en el consumo de drogas pensó en calcar dibujos de superhéroes. ¿Por qué? Ya te lo digo yo, porque soy un pringao.


El Capitán América de Mark Gruenwald. Al parecer, ideal para fumar crack.

Hasta la próxima.

sábado, julio 24, 2010

Internet mató al radioaficionado

Siento una suerte de fascinación hacia las aficiones obsoletas. Por ejemplo escribir en un blog, diréis los más maliciosos. Me alienta que aún existan los jugadores semiprofesionales de petanca, las asociaciones de punto y ganchillo, voladores de cometas, coleccionistas de maquetas de tren o cualquier zarandaja similar que parezca sacada otras épocas absolutamente destecnificadas. Mi atracción hasta estos loisirs es intensa pero superficial, no va más allá del curioseo distante y de conocer su existencia me colma sin necesidad de saber mucho más.
Desde hace un par de meses, he descubierto una de estas minorías que se reúne los fines de semana delante de mi casa para llevar a cabo su actividad. Un grupo de radioaficionados. Un hobby que para el ojo inexperto en la era de Internet pudiera parecer tan anacrónico como un teléfono hecho con dos vasos de plástico y un cordel, parece ser que sigue teniendo su grupo de aficionados incombustibles.

Sólo tengo un recuerdo vívido de haber conocido a un radioaficionado, J.E. un joven que me marcó para siempre. Le conocí el mismo día de su boda (a la que estaba incomprensiblemente invitado) y al día siguiente nos enseñó su casa construida a capricho en una parcela que tenía. Dicha parcela estaba flanqueada por cuatro altas antenas repetidoras para poder desempeñar su pasión sin cortapisas.
Creo que no importa el tiempo que pase, seguiré dando la tabarra con anécdotas de esa boda, ese finde semana y el genial J.E. mientras me quede aliento.

Por desgracia los radioaficionados que se arremolinan en el aparcamiento delante de mi hogar, no son ni mucho menos tan interesantes como J.E. El caso es que por alguna razón que mi simpleza tecnológica no alcanza a comprender las conversaciones de los radioaficionados de mi barrio se reciben perfectamente a través del altavoz del ordenador y para dejar de escuchar debo apargarlo. El primer día que esto ocurrió me pareció genial, ya que la posibilidad de cotillear impunemente es un valor en sí mismo.
Aunque el peso de la realidad hizo que rápidamente creciera el desinterés hacia los objetos del cotilleo y aumentara la molestia que me procuran al usar el ordenador los fines de semana.

Como escribía anteriormente los radioaficionados locales son un poco coñazo, ya que sus conversaciones carecen de interés. Para empezar no emplean como yo quisiera el alfabeto militar internacional y no entiendo porqué con lo que farda hablar con él. Además hablan entre ellos por la radio en coches aparcados juntos. Supongo que entrarán en la ecuación otros participantes un poco más alejados, porque sí no fuera así no entiendo porque no se meten a un bar a hacer exactamente lo mismo. Las conversaciones giran en torno a tópicos de conexión dialogal (¿qué tal?, hace fresco, etc.) y chanzas bobas y/o dignas de bofetón (por ejemplo uno especialmente cargante estuvo la semana pasada diez minutos – hasta que apague en ordenador - hablando en perfecto castellano fingiendo acento italiano cutre). En definitiva su forma de enfocar su afición me parece una total pérdida de tiempo. Pero claro, si pienso críticamente comparando a esta gente con las horas muertas que dedico a Facebook, por ejemplo, no quedaré en mucho mejor lugar.

En fin, es obvio que hablo desde la suma ignorancia y el desconocimiento, pero no entiendo porque no se organizan un poco mejor y utilizan sus automóviles con radio para realizar persecuciones o jugar al escondite por el municipio. ¿No molaría mucho más?

martes, julio 20, 2010

El ciclista.

‘Lo que Anquetil necesitaba era fe. Y para tener una fe inquebrantable no hay como estar equivocado.’ Tim Krabbé

He perdido mi hábito lector.

Desde hace un par de años apenas leo libros. Lejos quedan mis registros de lecturas anuales que superaban la media de novela por semana. Las razones de mi cambio son muchas, pero se condensan en la progresiva desilusión vital hacia cualquier actividad que otrora me causara placer. Más muescas de podredumbre existencial que voy acumulando con la vejez. Esto se tiene que acabar aquí. Debo patalear entre estas arenas movedizas antes de hundirme del todo. Por dejcontado que no busco aprender nada, ni mejorar como ser humano, ni anhelo esa ruindad de tirarse el rollo cultureta con jovenzuelas post-universitarias, ni nada por el estilo. Sólo quiero recuperar el placer que antes sentía al devorar una novela y que por alguna razón se ha diluido en mi vida.
Este verano (entre otros propósitos) me he propuesto desoxidarme y trincarme una novela por semana. Total, poco más tengo que hacer.

Aunque ya había empezado con un libro sobre la génesis e historia de la pornografía norteamericana [El otro Hollywood: Una historia oral y sin censurar de la industria del cine porno – de Legs McNeil y Jennifer Ousborne], es otro libro el que me ha dado el pistoletazo de salida. Se trata de ‘El ciclista’ del holandés Tim Krabbé.

Un libro del que puedo presumir de haberlo leído de un tirón en un solo día. Llegué a él de la forma más peregrina, por su título y a continuación por su argumento. No sé por qué desde hace mucho tiempo he tenido la impresión de que estaría bien leer una novela que hablase sobre el ciclismo desde la óptica de sus sufridos protagonistas. Seguramente habrá escritas cienes de ellas. Seguramente novelas de narradores objetivistas gabachos que habrán dado su testimonio coñazo acerca del Tour de France, pero nunca habían llegado a mis manos.
El ciclismo no es que me interese mucho, seguir las retransmisiones me parece soporifero aunque al menos valoro el sobrehumano esfuerzo humano que conlleva. Eso es un deporte y no las careras de coches y motos. El caso es que no recuerdo haber estado al tanto de una competición ciclista desde que tuviera edad de jugar a las carreras de chapas. Los tiempos heroicos de Laurent Fignol, Marino Lejarreta, Gianni Bugno, Tony Romminger y sobre todos ellos el gran Prudencio Indurain (¿Miguel qué?). Por alguna razón rondaba por mi cabeza la idea de que el tema ciclista que sería excelente material literario y al ver una ocasión de comprobar su concreción en un libro no perdí ocasión.

Saqué el ejemplar de la biblioteca hace un par de semanas y anteayer de buenas a primeras decidí empezarlo para no dejarlo en todo el día. La novela trata de una carrera en 1977, el tour de Mont Aigoual en la que el narrador/protagonista va relatando su participación en la misma durante sus 137 kilómetros y en los que va intercalando historias y anécdotas sobre el ciclismo y sus celebridades. Puede que no suponga la invención de la rueda, pero es un librito que me ha encantado por su impecable desarrollo y por tener el tono adecuado para el tema que trata. No voy a desvelar nada del argumento pues es irrelevante(y de pésimo gusto de cara a que alguien que desease leerlo), pero si puedo dejar constancia de mi enérgica recomendación. Ojalá mis próximas lecturas veraniegas den igualmente en el clavo.

Hasta pronto.

miércoles, junio 23, 2010

Tauromaquia de COU

Quiero dar mi opinión acerca de la tauromaquia y la fiesta nacional.

Para entrar en antecedentes, he de decir que si algo me da auténtico asco y crea en mí verdadera repulsión, esto es la violencia hacia los animales. Desde que tengo memoria de mí mismo he sido muy bichero. En mi hogar familiar siempre hubo perro, cuando no hamsters, pájaros, tortugas y hasta en una ocasión tuvimos un gato [Donato se llamaba, pues era negro como un demonio y tenía ojos amarillos - viva encarnación del mal como todos los de su especie -]. Si me daba por meter un cangrejo de río en un cubo con agua en la terraza, sálvandolo de la paella, el muy mamón lejos de palmar al día siguiente, duraba dos o tres semanas contra todo pronóstico.

Si bien es cierto que tengo un interés nulo por la naturaleza y todo aquello que no esté debidamente asfaltado, el reino animal goza de mi total simpatía. Sin lugar a dudas soy de aquellos que dice llevándose la mano al corazón que quiere más a sus perros que a cualquier ser humano. Además recelo de todos aquellos que no piensan igual pues me parecen aunténticas personas desalmadas. Con esto quiero recalcar que si algo es capaz de traumatizarme y hacerme apartar la mirada es una escena de violencia hacia los animales. Es superior a mí. Pensar en peleas de perros, escenas de zoofilia o cualquier otra aberración similar implicando bichos, consigue revolverme el estómago más que ninguna otra cosa.

Hasta aquí mi postura hacia la tauromaquia está meridianamente clara: no me gusta el espectáculo taurino. Me apena la tortura que sufre el toro y entre dientes anhelo la devolución del castigo al torero.

Pero por otra parte encuentro que en el mundo de la tauromaquia no todo es igual de desagradable y reprochable. Es donde surge la fígura del experto taurino. Esa suerte de proto-hombre superior que todo lo que dice hace que suba el pan. Personajes poseedores de ese lexicón infinito que le hace emplear registros obsoletos y arcaizantes con total soltura y naturalidad, dotándolos de una pátina de absoluta modernidad. Ejemplares vivos de lo que viene a ser un auténtico PUTO AMO intemporal.

Y es aquí donde lo que me dice el corazón entra en conflicto con lo que alega mi cabeza. ¿Merece la pena que todo siga como hasta ahora con el conflicto que supone? -Vive y deja morir - ¿O es mejor prohibir la fiesta y hacer que una especie humana tan pintoresca se extinga?, ¿se debe coartar una tradición porque no se ajuste al canón moral actual? Sinceramente, no tengo respuesta. Aunque si me dejaran votar por prohibir las corridas de toros seguramente votaria por su extinción.
Uff! que debate tan trepidante digno de segundo de bachillerato ha dado lugar mi post de hoy. Disculpad pero estoy oxidado.


P.D. Todo esta parrafada de sandeces viene a mi descabalada cabeza a dos días de mi examen de oposición mientras estudiaba en la biblioteca junto a los tropecientos volúmenes de 'El Cossio: Los toros tratado técnico e histórico' Enciclopedia taurina completa que daría lustre la estanteria Billy de cualquier hogar.

viernes, abril 02, 2010

En Semana Santa, lo mejor de lo mejor:

En el tránsito del jueves al viernes santo, mientras debo ser de los pocos infelices que no se han ido de viaje, aprovecho para colgar mi top 10 de climax fímicos que consiguen erizarme los vellos de todo el cuerpo por más veces que las vea.


1 - Aunque los minutos precedentes de plano/contraplano MaxVonSidow/Pelé son canelita, me quedo con - 'páralo Hatch, páralo! -


2 - No puedo evitar emocionarme ni en modo 'repeat'.


3 - Los 7 mejores minutos de las dos trilogias.


4- La carrera definitiva.


5 - Asi es, he matado a mujeres y niños, he disparado sobre cualquier cosa que tuviera vida y se moviera y hoy he venido a matarle a usted por lo que hizo a Ned. -


6 - Tú no tienes fúturo, puta! -



7 -¿Se pueden hacer unos títulos de crédito más chanantes? - Respuesta a una pregunta hipotética - Absolutamente No. Insertos del metro de NuevaYork, excéntricas bandas y píldoras de pensamiento Warrior.


8 -I no have home -


9- ¿Una sola mirada? -


10 - Cuando se toma por bandera lo excesivo en todas dimensiones, se consigue una obra maestra que pasa totalmente desapercibida para el gran público. -


No he encontrado video de la escena de la posesión de Indiana Jones por Kali Ma del 'Templo Maldito', ni la escena del Luna Park en 'Tío Vivo circa 1950' que estarian en top 5 y seguro que olvido algún otro hit, pero estos me parecen suficientemente representativos.

Hasta la próxima!

martes, febrero 02, 2010

Vamos a un bar, no puedo más.

Ayer dije en voz alta y enérgico tono una cosa que pienso en firme desde hace mucho tiempo:

- ¡Estoy hasta los huevos de los bares de modernos! –
Lo cierto es que si salgo de cañas por el centro de mi bienamada Madrid y te dejas llevar por gente que presume recordar el nombre de los garitos a los que ha ido un par de veces, lo más normal es que te arrastren (después de haber andado una buena caminata) a bares infectos en los que además de soplarte una pasta por lo más prosaico como pueda ser un caña de cerveza o un bitter kas. Yo no encuentro ninguna mejora objetiva en relación con el bar –mal llamado cutre- de toda la vida. Además siempre que alguien, seguramente por hastío, hace el intento de entrar a tomar algo en el primer garito que se cruza, siempre hay algún visionario que tenga la poca vergüenza de menospreciar el concepto de bar tradicional utilizando el término ‘fritanga’. Esta tendencia sinceramente me enerva.

Por ello, con el simple ánimo de demonizar en contra de aquello que me subleva y la paupérrima esperanza de que el mundo cambie a mejor, procedo a esbozar unos preceptos que nos ayuden a valorar correctamente un bar.

a) La música en un bar está fuera de lugar.
Si lo que aparentemente quieres es conversar con tus acompañantes escuchar música carece de sentido. Si lo que intentas es que la gente disfrute de la música es necesario poder bailar y un lugar destinado para ello, pero este local no es un bar de cañas es un disco-pub o discoteca. Si no quieres bailar y lo que quiero es oír música lo mejor es ponerte unos auriculares.


b) La higiene de un bar es un concepto relativo.
La mayor farsa que yo observo entre los dos tipos de bares que conozco es el tema con respecto a la higiene. No sé porque razón el inconsciente colectivo tiene la idea que los bares de todalavida-mal-llamados-cutres son un estercolero de infecciones. No estoy diciendo que estén limpios como una patena, pero me da la sensación de que al ver alguno escrito en un cartel alguno de los siguientes conceptos: ‘patatas bravas’, ‘torreznos’, ‘oreja a la plancha’… o ver las paredes decoradas con baldosines o azulejos blancos; ya hay que pensar que es un sitio poco higiénico. Ayer oí como alguien llamaba a esto bares cuarto de baño. Mientras que si entras en un local mal iluminado en el que en las mesas haya manteles de colores en tonos pastel y taburetes de madera viejunos, todos distintos y mal pintados con un bote de pintura morada hay que razonar que es un sitio encantador incluso con un halo de misterio. Pista importante: La oscuridad impide que veas la suciedad lógica que hay en un local público de restauración. La limpieza la debería determinar el servicio, no la decoración.

c) Un bar tiene su propia idiosincrasia.
Un buen bar debe tener máquina tragaperras y palilleros. Esta sentencia no es original mía, pero me lo vuelvo a apropiar una vez más porque considero que es completamente certera, yendo en proceso inductivo desde lo más intrascendente hasta la sublimación del concepto 'bar'. Este precepto no suele fallar y desconfía de un bar si carece de uno o ambos elementos.

d) El camarero de un bar ha de ser un buen profesional.
Un camarero debe estar pendiente de su trabajo. Esto que es una aparente tontería, visto lo visto cada vez parece más raro de ver. Seguramente es muy injusto generalizar, y de todos mis argumentos este es sin duda el más prejuicioso y menos racional, pero si hago una lista de todos los bares que he estado en mi vida y pongo en un montón los camarer@s uniformados (con pajarita a ser posible) y en otro montón l@s camarer@s ti@s buen@s con piercings, tatoos y peinados guays, no tengo ninguna duda qué montón se lleva peor nota media teniendo en cuenta el servicio que me han dado. Lo que realmente quiero decir es que en un bar se me debe atender correctamente, tan rápido como sea posible y con cierta amabilidad. Que me atienda una maciza o un macizo me debería importar cero patatero.

e) El desarrollo temporal de un bar debe ser amplio.
Un bar no debe ser un tugurio nocturno, debe tener un horario amplio y en consecuencia atender las necesidades del día: desayunos, aperitivo, comida, merienda, merienda-cena y cena. Un bar que sólo sirve copas y sólo abre por las tardes-noches no es un bar.

f) Un bar es un lugar de reunión social.

Es decir para mí, un bar debe ser un lugar donde haya gente de los más diversos pelajes y no un guetto de corrientes socioculturales. Acostumbro a ver bares en los que sólo hay un tipo de clientela ya sean modernos con flequillo, gays con barba, opositores a notaria con el Lacoste sobre los hombros o aficionados a la tauromaquia, la homogeneidad no es un valor positivo para un bar. El ideal de un bar es aquel donde nada más entrar vislumbras a un cincuentón con pinta de tarado con gafas de culo de vaso escuchando un transistor, junto a él un grupo de universitarios ebrios y unos taxistas jugando al julepe. Cada vez esto es más raro de ver y llegará un momento que debamos encontra este tipo de sitios esto en novelas. El tipo de bar que aborrezco y que antes he denominado como ‘bares de modernos’ se caracteriza por esta homogeneidad social; raro es ver un alguien que no esté dentro de un perfil 20-30añero en su interior. Imaginemos una situación hipotética, si yo entro en una frutería y veo que esta repleta de clientas jubiladas lo que pienso es que esa frutería está genial y seguro que la relación calidad-precio es óptima. Sin embargo, si entro en una frutería y me encuentro que sus clientes son mayoritariamente actores, estudiantes de bellas artes, periodistas, filólogos y toda suerte de tirarrollos, lo normal es huir estratégicamente de ese local como de la peste.


g) El alcohol no es lo único que sirve un bar.
Es muy importante que un bar tenga un respaldo culinario detrás de la ingesta de alcohol. Generalizando again, en este punto es donde más falla el bar cutre tradicional que bien es cierto que peca de falta de originalidad en lo que respecta a sus cartas. Muchos caen en la repetición de tapas (chorizo-morcilla-bravas-calamares-etc…) y descuidan la calidad de las mismas. Que algo se sirva en muchos sitios no implica que en muchos sitios lo sepan hacer bien. El ‘bar de modernos’ aunque bien es cierto que suele tender a la originalidad de platos, y hay muchos sitios donde puedes comer cosas ricas, también encuentras una irritante desproporción calidad/tontería étnica. Aquí no sé decantarme y tengo que recurrir al criterio individualizador, según el sitio comes mejor o peor. Aún así un par de dogmas para equivocarse lo mínimo. En un bar cutre si encuentras una carta de sándwiches extensa y con especialidades propias (por ejemplo: Sandwich Las Nieves) arriesgate a probar. Busca la especialización. En un ‘bar de modernos’ si lo que te ofrecen de comer está presentado en el formato ‘Tosta’ hay elevadas probabilidades de que sea una castaña con un poco de pimentón y/o perejil por encima. Evita las tostas.


Con esta guía inútil de lo que a mí me gusta en un bar, me despido hasta más ver.
7/11/09

lunes, febrero 01, 2010

Mil maneras de comer bacalao.

Vuelvo a escribir inspirado por las hazañas relatadas por los modernos Marcos Polos y el resurgir por la crónica viajística (¿existirá este palabro?). En esta ocasión hablaré de mi tour el pasada findesemaneo por la enigmática Lisboa. Lejos de pararme a listar y describir cronológicamente las diversas cosas que he hecho, visto o decir cuál manera de comer bacalao es la que más me chana; voy a intentar explicar cómo la falta de expectativas y los prejuicios puede hacerte disfrutar de lo más nimio.

En primer lugar diré que el jueves cuando me iba, sufría un inexplicable arrebato de ansiedad que me impulsaba a olvidarme del viaje y empujaba a perder los 40 euros que me costó el vuelo ida y vuelta. El argumento mayor a favor de la anulación, era que no sentía la más mínima curiosidad por conocer Portugal. Simple y llanamente. Aún así me obligué a ir, esperanzado en que un viaje de 3 días en plan 'pandi' con varias amistades y/o ex-compañeros laborales tendría valor en sí mismo. Además en caso de urgencia siempre podría escaquearme. Si la cosa se torcía, podría visitar tiendas de comics o estadios de fútbol o meterme al cine, es decir evadirme en mi 'rico' mundo interior.

Volvamos al principio de mis prejuicios y veamos qué alicientes podía objetivamente tener: ¿Qué sé realmente de Portugal? Prácticamente nada. ¿Tengo algún asidero para agarrarme a su idiosicracia? Umm, espera que piense... ¿Cine? no. ¿música? tampoco, ¿Literatura...? ¿Saramago? ¿Pessoa? Rotundamente NO. ¿Guimaraes Rosa? Esto, creo que es Brasileño... ¿algún aspecto que pueda interesar? Pues, siempre he oído que se come bien ¿pero qué me puede interesar entre medias de las comidas? Visitar museos o catedrales: Descartado. Solo me queda callejear a la búsqueda del fluir vital del populacho autóctono como materia observable.

He de decir que es ahí donde encontré mi interés por Lisboa. Una ciudad que me ha gustado al comprobar como me ha resultado encontrar un duplicado (imperfecto) de cómo era Madrid hace 20 años. aún siendo una ciudad moderna occidental con toda suerte de lujos, hay un punto cutre embelesador. Los comercios sencillos tipo 'Super de barrio','Mercerías', 'carnicerías' o 'Pastelerías' (estas últimas con con una plusmarca de díficil superación de una cada 20 metros aproximadamente) proliferan en sus calles e incluso en las zonas más turisticas se palpa la ausencia de tontería multinacional. También me ha gustado per sé el sistema de transportes, con especial enfasis hacia la red de tranvías antediluvianos que peligrosamente ascienden y descienden sus escarpadas y estrechas calles. No lo puedo evitar, en mi mezquina forma de ver el mundo siento más interés el feismo arquitectónico y la cercanía a la precariedad que por el historicismo y el encanto paisajistico.

¿Esto significa que debo aprender la lección, olvidarme de mis muchos prejuicios culturales y sacarme un billete el próximo verano para conocer Buenos Aires o Rio de Janeiro (por ejemplo)? Umm, creo que tampoco me ha gustado tanto Lisboa.

Hasta la próxima.

p.s. Mi mejor recuerdo de Lisboa es la última tarde que volví al apartamento y pillé en la tele 'El coloso en llamas', no se me ocurre plan turistico mejor que pasar la tarde viendo a Steve McQueen haciendo de bombero putoamo.

martes, enero 19, 2010

Noche de halcones.

"Algo que me llama la atención de esta películas son los descansillos" Juan Miguel Lamet comentando a lo putoamo en el coloquio de 'Los sobornados' de Fritz Lang

Mientras tomaba uno de mis descansos en la biblioteca esta mañana procedía a hojear el periódico. Como es habitual en mí comienzo por la última página el diario, mirando qué iban a echar esa noche en televisión. No sé porque sigo haciéndolo así, pues salvo que emitan alguna película que me apetezca ver (revisionar sería más acertado)o un socorrido partido de fútbol, tengo un interés de 'cero patatero' por la programación en horario 'primetime'. No sé por qué razonamiento (más allá del aburrimiento y necesidad de distracción propias del estudio) hoy me he puesto a pensar en cómo hubo otros tiempos en los que yo tenía un verdadero interés por las emisiones de televisión. Necesitaba saber de qué iban las nuevas series, concursos o programas de 'varietés' en contraposición con lo que me pasa ahora que no sólo carezco de curiosidad sino que sólo sabiendo la cadena ya prejuzgo que va a ser una 'ñorda' pinchá en un palo.

Seguramente son muchas las cosas que han cambiado en mi interés hacia la televisión, desde aquel bendito jovenzuelo en fase de cinefagia aguda cuando perderme una peli de Carl Theodor Dreyer o cualquier otro, era un trauma personal. Una época en que pillaba el Tp semanal o la revista de canal + y subrayaba lo que no debía perderme. Lamentable, lo sé, pero cierto. O quizá ahora hago lo mismo sólo que pasando las horas muertas delante de internet con la última tontada y es incluso más lamentable.

Pero desde hace poco me alegra decir que he recuperado la ilusión por seguir semanalmente un programa de tele. Se trata de la vuelta (cinco años tras su cancalación en televisión española) de José Luis Garci a perpetrar un trasunto del gran 'Qué grande es el cine' sólo que ahora se llama 'Cine en Blanco y negro' y lo emiten en telemadrid los sábados después del fútbol (y redifusión en 'LaOtra' los martes noche). El programa es igualico: una película por lo general estupenda, seguida de mi parte predilecta, un debate de 'yayos' amigotes de Garci, por lo general amos absolutos que a la mínima se van por los cerros contando chanantadas. Mientras escribo esto veo de soslayo 'Solo los ángeles tienen alas' de Jogüar Jocks Con tan poco yo tengo un cachito de felicidad.


'Noche de halcones' el celebérrimo cuadro de Hooper.

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