domingo, noviembre 30, 2008

Arroz Socarrat

Apenas queda media hora para que arribe el día de mañana. Con él se agotan mis últimos momentos como veinteañero. Cuando leas esto ya seré un señor mayor. Todavía no he plantado un árbol, ni he tenido un retoño, ni he escrito ningún libro. Una década que se va y aunque tranquilamente puedo llorar plañideramente sobre todas aquellas cosas que no he hecho, las experiencias perdidas y en resumen los tópicos del advenimiento de la vejez de los que nos sabemos unos pringaos; lo cierto es que soy consciente de que nada significativo va a cambiar de hoy para mañana. Me gustaría poder contar que he pasado mi último finde como joven de veintimuchos haciendo el vándalo quemando contenedores, borracho como un excursionista, follando como un león, dilapidando mi dinero en un viaje absurdo o cualquier otra tontería personal memorable, pero no he hecho nada de eso. En realidad ni siquiera he salido del hogar desde el viernes, en gran parte por miedo al frío polar que ruge en Madrid. Bueno con estas innecesarias palabras me despido de la veintena, esperando que en lo que me quede por vivir haya un resquicio de esperanza para la dignidad. Al menos pido eso.

Me voy a leer unos tebeos de 'Namor el hombre submarino' para hacer el tránsito a medianoche. Hasta la próxima!


- LA GENTE MAYOR TAMBIÉN PUEDE MOLAR.

domingo, noviembre 23, 2008

Indalecio Prieto p'arriba, Indalecio Prieto p'abajo.

Pensaba ignorante que la adquisición y pública ostentación del último cacharro tecnológico –cuanto más caro, canijo y potente mejor- hacía a su propietario de una fugaz jerarquía sobre esa abstracción capitalista que es ‘estar a la última’, pero hace un par de días descubrí en un transitado bulevar de Vicálvaro un inquietante tableu vivant que ilustra que es realmente marcar tendencias.

Encontrábame yo haciendo tiempo para entrar en mi curso municipal de los jueves y decidí entrar a un ultramarinos regentado por un inmigrante de origen asiático (vulgo: un chino) a comprar un botellín de agua. Al cruzar el umbral me convertía en espectador de una conversación in media res. El primero de los interlocutores era un joven cristianoviejo de tez morena, musculazos brazos tatuados, pelo con desconcertantes mechas rubias y un elegante Mullet. En el rincón del cuadrilátero comunicativo destinado al papel del receptor, se encontraba una niña de unos once/doce años de atuendo y rasgos fisilógicos árabes. Sin voz pero con presencia flanqueaban a los dos contertulios sendos empleados asiáticos, uno vigilando en la puerta y otro cobrando tras el mostrador donde un ordenador portátil que hacía de hilo musical del local, era el leit motiv de lo dialogado.

El muchacho de los brazos tatuado hablaba de su dominio de lo tecnológico y ante la perplejidad de la cría. Presumía de cómo conectarse a Internet era cosa sencilla gracias al invento de las redes inalámbricas. La niña rebatió sobre el precio de Internet, pero el muchacho didáctico, dogmatizó diciendo que pagar por acceder a Internet era cosa de majaderos habiendo en su domicilio conexiones vecinales a las que enchufarse por la patilla. En esto, yo ya estaba pagando mi agua e iba a encaminar mis pasos hacia la salida. Cuando el muchacho interrumpía la cháchara, cogía el ordenador portátil del mostrador (que yo creía propiedad de los dueñlos del local) y aún abierto y con la música sonando se dirigía también a la calle. Allí disfruté de la estampa que me encandiló y por la cual escribo estas líneas. Igual que las míticas siluetas de los centauros a los hombres antiguos, sé que entre mis referentes futuros estará siempre la imagen de un muchacho siendo el primero que lleva por la calle su ordenador con la pantalla al viento y compartiendo su tracklist de éxitos de rumba post-catalana como si fuese mismamente el gachó primigenio que llevó al hombro un loro de dos pletinas hace dos décadas.

Como diría Cho.: - ¡Bienvenidos al siglo XXI! -

P.S. No quiero obviar la anécdota que me relató MB, en la que contaba como los abuelillos postmodernos de su gimnasio vallecano, también se declaran en rebeldía de la tiranía de de los Ipozs, Ifons, telefonos móviles, emepetreses, emepecuatros y demás zarandajas, llevándose el transistor (sin auriculares) y colocándolo en el hueco destinado para la botella de agua. Pudiendo así pedalear o trotar alegremente al ritmo de los hits copleros de Radio Olé.

sábado, noviembre 15, 2008

Take a look inside...

No me privo de colgar este sketch que vi anoche en Saturday Night Live (que están re-emitiendo en Canal + a horas intempestivas) y que me hizo partirme de risa.



ANDY SAMBERG
& JUSTIN TIMBERLAKE - DICK IN A BOX - solucionando las Navidades de crisis económica.

miércoles, noviembre 12, 2008

Cumplir propositos de enmienda.

-No volveré a dejarme convencer para hacer el payaso en espectáculos ajenos– MB. dixit.

Muchas veces tendemos a malinterpretar esos confusos sentimientos que son la timidez o la vergüenza propia confundiéndolos con las ocasiones en que uno dibuja una línea imaginaria en el suelo y se compromete a no cruzarla llueva o nieve en pos de mantener la poca dignidad que a uno le queda. Hoy me ha tocado sufrir una situación de este tipo. No creo haber leído nunca nada más claro sobre este tema que este añejo posteo del difunto bloj de MB, así que lo dejo como bibliografía esencial.

Comenzaba la jornada llegando a la colocación y nada más cruzar el umbral de la puerta de la sala de profesores era consultado por si me apetecía perderme mis clases del día a cambio de irme a una excursión del Departamento de Música como acompañante/guardian. Ni un segundo he dudado en dar el sí. El destino era un concierto didáctico de flamenco para adolescentes en un teatro de un centro cultural de la Comunidad. En resumen os podeís hacer una idea: Cómo se toca un cajón de madera, si pones clavos en los zapatos haces más ruido al taconear y otros conocimientos esenciales en la educación de un escolar. Explicados por una bailaora de origen italiano ¿? - definible por una inexplicable ausencia de gracia al bailar -que abandonó su Milán natal por amor al flamenco. El climax de la actividad ha sido cuando el cuadro flamenco invitaba a subir a distintos niños al escenario para bailar torpemente unas sevillanas. Ocasión ideal para que esos yonquis de las llamadas la atención que son los adolescentes, hiciesen el tonto un rato delante de todos los demás. Pero ¡oh horror! Después de un par de rondas de niños, se anunciaba desde el escenario que era el turno de que bailasen los profesores. Uno de esos momentos en los que sabes que estás en el lugar y en el momento equivocado.

En décimas de segundo, visto y no visto la profe de sociales y gimnasia toda resuelta ya estaba en escenario. Yo me intentaba esconder y miraba para el lugar del profesor de música esperando que él apechugase con ‘su’ excursión. Pero resultó ser otro pusilánime que intentaba escaquearse como yo. En segundos un centenar de alumnos estaban dados la vuelta sobre sus asientos dirigiendo sus miradas hacia mí y coreando mi nombre. – Pablo, Pablo, Pablo...- Sus mefistofélicos rostros rezumando pura maldad estaban iluminados por la tenue luz de sus teléfonos móviles. Los cuales empuñaban dispuestos a grabar la actuación para colgarla en YouTube lo antes posible. Mientras algunas de mis frases dichas en clase era repetidas con especial inquina: - Pablo ¿no decías que en tu clase nunca hay vergüenza? - La presión no pudo conmigo y sin inmutarme me arrellané en mi asiento poniendo mi sonrisa más estúpida y esperando a que pasase ese momento de tensión. Por suerte también iba otro instituto y otros profesores más lanzados/inconscientes procedieron a sacarme del apuro. En resumen estoy contento conmigo mismo pues he sabido decir sin dudar –¡Y una polla!- en el momento adecuado.

Ósculos.

sábado, noviembre 08, 2008

Never been kissed

Hoy he comprendido mi primer dialogo en rumano. Sábado por la mañana, emprendía mis pequeñas rutinas: biblioteca, correos, supermercado… a la vuelta esperaba en el autobús hojeando con desinterés un par de libros. En la marquesina roja del autobús se sentaba a mi vera una mujer rechoncha de unos cincuenta años vestida de domingo, maquillada con rodillo de TVShop y con ropa en flamantes tonos turquesa como sacada de un mercadillo de mil novecientos ochenta y siete. En la espera ha aparecido al otro lado de la calle otra mujer a la que la mujer de mi lado ha llamado pegando un berrido. La otra con una sobriedad digna de elogio se ha acercado al paso de cebra y tranquilamente ha cruzado hasta la posición de su amistad. Se han saludado, y la mujer sentada a mi lado ha sacado de un bolso que me veo incapaz de describir, una ristra de cajas de cedés con carátulas de manufactura casera. Ha ido seleccionando cuidadosamente de entre lo que tenía y dándoselo a su amistad. Tras ese momento, ha empezado una conversación unidireccional que con la dificultad de estar codificada en un idioma del que no entiendo ni media (a pesar de su origen romance) he podido desgranar y comprender creo que con bastante fidelidad.

Con poderosos aspavientos la señora de turquesa ha empezado a arremeter contra la sociedad en la que ahora vive. Sus quejas se centraban en la pérdida de nivel de vida que sufre desde que llego a España en comparación con un utópico estado del bienestar que tenía en su Rumania natal. Una vez comprendida la tesis esencial, los argumentos se comprendían a la perfección uno detrás de otro: que si tener que limpiar ocho casas a la vez para sobrevivir era inhumano, que si en Rumania pagaban más, que si por no hablar español la consideraban tonta diciéndoselo a la cara, que si en Rumania contratas a una chica española para limpiar se la trataría mucho mejor etc… verdades como puños que además se fortalecían por ser expresados a gritos, entre risotadas y utilizando la palabra –mierda- (no sé si en un guiño cómplice al castellano o en rumano original) y reforzado con el siempre efectivo gesto de hacer como que se escupe al suelo. La otra mujer rumana a todo esto escuchaba pacientemente si decir una sola palabra y esperando que acabase para llevar la fruta que había comprado a su hogar. Yo inevitablemente sopesaba sus razonamientos y pensaba qué trabajos podría conseguir una mujer de las mismas características físicas y nivel sociocultural similar pero de nacionalidad hispana en el cruel mundo que nos toca vivir. Creo que con la salvedad de poder conseguir un contrato laboral sin dificultad yo no lo contrataría de nada y si tuviese que hacerlo sólo lo haría en algo que nadie más quisiese.

Los hados han querido darme de nuevo una lección vital más con otra mujer entrada en la cincuentena como protagonista. Cuando he llegado a mi hogar, entregaba a mi progenitora la cantidad que me ha parecido bien para que se compre algo por su cumpleaños. Hace tiempo que desistí de comprar cosas que no le gustaban aunque hacia parecer que sí. Entonces requerí que pensaba adquirir como regalo y me ha confesado que le había echado el ojo a un preciosísimo chándal de terciopelo que le vendrá niquelado para sacar a los perros por la vecindad. Después de sugerir con claridad que ni se le ocurriese utilizar el dinero de mi regalo en semejante dislate, he recordado a la señora del autobús y comprendido que quizá no haya una distancia insalvable como pensé media hora antes.

Adeu.

domingo, noviembre 02, 2008

La delgada línea que separa vanguardia de buenrrollismo.

Últimamente he adquirido el feo vicio de adquirir tebeos de gente que ya no los quiere y amablemente a cambio de distintas tarifas les proporciono un hogar digno. También hago yo lo mismo intentando deshacerme de aquello que ya no quiero. La mencionada actividad me llevó esta semana a desplazarme hasta la inhóspita estación de metro de Plaza Elíptica, donde había quedado con un señor desconocido con el que había apalabrado unos tebeos.

Allí estaba yo, sosteniendo entre mis manos un ejemplar de Ana Karenina, muerto de frío y sintiéndome ridículo por quedar con un desconocido por algo tan tonto, sólo para ahorrarme ocho euros de un anónimo paquete postal. Observaba a todo aquel que aparecía en la lontananza, buscando la cabeza rapada que me había dado como identificación mi contacto. Cuando veo que se acercaba hasta mi posición una treintañera con un extraño trote. Una muchacha que desde la primera impresión catalogaría con los rasgos fisiológicos injustamente asociados – excepto a todo aquel que pertenezca a un endogámico linaje real – a una inteligencia genéticamente poco desarrollada.

Pues bien, nuestra aparente borderline protagonista llegó a mi posición y emitió una pregunta sobre la que saqué dos conclusiones. La primera era que la chica era inmigrante y la segunda que no había entendido una mierda de lo que me había dicho. Le pedí que repitiese lo que me había preguntado, dos y hasta tres veces, pero los resultados eran los mismos. No entendía esa lengua que me sonaba a una suerte de portugués bizarro. Entonces ella acompañó su ininteligible interrogación con un gesto inequívoco: un acompasado choque de sus palmas a la altura del pecho. Como buen filólogo que se ha empapado de la comunicación no verbal floradavisiana pude entonces descifrar el final del enigmático mensaje: - blablabla blabla bla batir palmas

Con esa información ya deduje que la pregunta era si yo estaba en ese lugar para batir palmas o si había visto a otros que sí lo hiciesen. Le trasmití con incredulidad que no sabía nada sobre ese tema. Ella se marchó hacia la parada del autobús supongo que a preguntar a la gente si sabían algo de los que batían palmas que allí se reunían. Entonces yo me quedé con la idea de que había una serie de gente que quedaba aleatoriamente en distintos puntos de Madrid a una hora determinada y cuando se encontraban, sin cruzar una palabra, ni presentarse, ni nada. Sólo se colocaban en círculo y se ponían frenéticamente a aplaudir, para después cada uno en anónimo silencio marcharse por su camino.

Dicho parecer que desde el primer momento me pareció una tontada, me hace reflexionar sobre las manifestaciones espontáneas e inútiles que tanto abundan (aunque no lo parezca). En mi simpleza tiendo a considerar estos artisteos como estúpidas buenrrolladas cuando su forma o su fin tienen un tinte positivo (ejemplos: batir palmas, abrazarse con desconocidos, morreos colectivos...), mientras que si un acto de estas características tiene algún fin destructivo rozando lo vandálico (ejemplos: quema de contenedores, escritura de grafittis diversos en mobiliario urbano, secuestro de carritos de supermercado y posterior abandono en los lugares más insospechados...) no dudo en denominarlo vanguardista y verdaderamente artístico, supongo que por la necesidad de una cierta carga crítica y por un carácter más individual.


Mientras pensaba yo estas cosas e imaginaba teorías conspirativas de logias masónicas de batidores de palmas, la realidad hizo acto de presencia dándome una de sus demoledoras lecciones para bajarme de las nubes de la tergiversación de hechos. Aparecieron una pareja de quinceañeros maqueados al mínimo detalle con una elegancia estilo Choni que a mí me resulta una pinta ideal para ir a robar el super de una gasolinera y poco más. También se acercaron atraídos como moscas por mi solitaria espera, para preguntarme si estaba allí para lo mismo que ellos. Al parecer el emplazamiento que yo había elegido al azar era el lugar donde se recogía al público que asistía a las emisiones del programa Factor-X . No sé muy bien porque cuento esta historia más que para remarcar mi estupidez, o si hay alguna moraleja, o si realmente he aprendido algo, o si se trata de otra inútil manifestación de buenrrollismo encubierto. En cualquier caso cumplo con el mínimo de una entrada a la semana que me he autoimpuesto y me despido moviendo la mano hasta la próxima.

Lo + seguido