Pero esta introducción es solo relevante como presentación a lo que me contó ayer sobre su primer contacto con español en Madrid. Pues antes de conocerme tuvo una experiencia (en mi opinión) mucho más gratificante con un muchacho interesado en hacer intercambio Español-Polaco. El primer inconveniente es que este muchacho no hablaba ni palabra de polaco y su secreta intención era buscar hembra. Algo aunque me parece que es del todo lícito si un individuo tiene interés en el perfil de chica eslava que todos conocemos gracias a las pelis del imperio, pero para este joven la imagen de chica ideal de europa del este era bien distinta.
Según me explico la muchacha, el muchacho era muy raro. Para empezar tenía costumbre de ir cada día a misa, lo cual en estos tiempos en una persona menor de sesenta años es un poco marciano. Además con treinta y muchos seguía viviendo con sus padres (algo para la raza ibera completamente normal). Pues bien el muchacho había escuchado en algún lado que la sociedad polaca era fetén para sus filiaciones, pues las gentes eran ultraconservadoras cristianas. Recordemos todos las arriesgadas aunque coherentes teorías de que en los territorios liberados de férreos periodos comunistas, las sociedades buscan en los cultos religiosos entendidos como evasión o rebeldía al orden anterior. Mismamente que los jovenzuelos setenteros españoles dándose al amor libre, las drogas y otras formas de rojerio y jipismo. En fin, pues nuestro héroe al tener noticias de estos fenómenos como en el suelo patrio no había encontrado nada ni remotamente similar a sus preferencias, tenía que buscarse las castañas fuera.
La chica me contó que una tarde el muchacho aprovechando la ausencia findesemanera de sus progenitores, había decidido invitarla a un lunch en su nidito de soltero y relatarle su plan. El festín según me explicaba consistía en dos mandarinas, un par de galletas y un vasito minúsculo con Pepsicola, que mientras el muchacho afanosamente preparaba era interrumpido por una llamada telefónica de su señora madre, a la que relató que se encontraba en compañía de la chica polaca y enumeró las viandas que había saqueado de la despensa familiar. Apostaría cualquier extremidad de mi cuerpo a que esa mujer estaba perfectamente conchabada con su hijo. Pfffffffff... Después de esta interrupción, él explicó con detalle como buscaba una chica para compartir su vida que cumpliese una serie de requisitos mínimos: Rubia, ojos claros, guapa, muy cristiana, religiosa, muy inteligente, que fuese virgen (todo como él mismo excepto las tres primeras) y que estuviese dispuesta a tener unos cinco churumbeles. Un plan excelente, que misteriosamente acojonó un montón a la muchacha, que no entendía que estaba pasando y a la mínima ocasión salió en estampida.
Toda esta historia In. me la relataba queriendo transmitirme la mala suerte que había tenido en su primera experiencia al conocer su primer español y también la mala imagen que se había llevado a priori de nuestra estirpe hispana. Yo aproveche para expresarle como envidiaba la suerte que había tenido al vivir una experiencia tan guay y le relaté una experiencia de similar calado que le sucedió a otra chica cuando yo estaba en mi erasmus. También envidié cómo con este episodio (ayer, hoy y siempre) había calado la verdadera esencia de lo que es ser 'Español' y cuales son nuestras taras y costumbres.
Por último mencionar que el chico que protagoniza magistralmente esta anécdota, no es un completo desconocido sino otro producto de la inagotable cantera de escoria humana que es la facultad donde realicé mis estudios universitarios. Después de constatar detalles con mi interlocutora creo que se trata de un personaje que hacia la misma carrera que yo y que conocía de vista porque siempre de camisa blanca con corbata (¿¿en una filología??), sentarse en primera fila, preguntar cosas rarísimas relacionadas con la religión y al que se conocía como ‘el curita’ entre otros improperios.
Imagen que no viene a cuento pero marca una época!
Continuará...














