martes, mayo 08, 2012

Curso básico de interpretación de sueños XII

Rescate de otra de las secciones "clásicas" del pasado de este blog. Aquella en que me dedicaba a prosificar los sueños más extraños y/o vergonzantes que acaecían desde mi subconsciente y que conseguía recordar al despertarme. De vez en cuando ocurre que estos aúnan uno a varios de los elementos que los hacen perfectos para formar parte del blog; Véanse: A) Co-protagonismo de celebridades de medio pelo que en lo onírico resultan ser mis allegad@s. B) Notables dosis de vergüenza propia para el que escribe. C) Alumbramiento público de los más pueriles de mis miedos y fobias del momento – en ocasiones tremendamente obvios-. D) Narrativizar una historia en la medida de lo posible partiendo de un inicio “in medias res”, una ausencia de orden lógico y una panoplia de escenas/cuadros sin ton ni son. Todo ello maquillado por un débil hilo conductor que sirve para dar cierta coherencia (inexistente a todas luces) y a la par buscar un torpe disimulo de una interpretación racionalizada.

Mi más reciente sueño parte de la siguiente premisa: estoy en una mega comida familiar. De esas en las que a modo de boda gitana están invitados primos-hermanos, primas lejanas, sobrinos-nietos, con-cuñadas, ex-maridos, ‘ante-nueras’, ‘sobre-ahijados’… y todas las variantes (reales o inventadas) en tres o cuatros grados de separación genealógica. En dicha celebración, por supuesto está invitado mi colega (de-toda-puñetera-vida) Arturo Valls. Agasajado por mis parientes como una auténtica celebridad y por su reciente éxito como presentador de un concurso. A los ojos de todos a su alrededor le hacía estar en la cresta de la ola. Pero todo no era más que una mascarada. Arturo en petit comité me confensó que estaba hecho polvo pues estaba harto de su trabajo. Al parecer no es oro todo lo que reluce para una star televisiva. Me relataba como el trabajar como presentador de concursos diarios en televisión no era más que un curro alimenticio pero que su verdadera aspiración era triunfar en la interpretación. Una y otra vez sacaba el tema de no entender por qué la serie “Gominolas”(*) fue un fracaso y tuviese que cancelarse. Ahora como presentador ya nadie le tenía en cuenta para las series que se iban a rodar. Se estaba encasillando. En este punto mi papel como su colega consistía en transmitirle consuelo. Pero yo procedí a reprender su actitud. Desde mi punto de vista su situación es la de ser un privilegiado y la verdad no entendía cómo podía preferir hacer series de Globomedia y similares, antes que poder presentar concursos exitosos (seguramente también para Globomedia) para rellenar las tardes de los jubilados del país. En ese punto le expliqué como mis propios progenitores veían encandilados su concurso cada tarde antes del concurso que presenta Carlos Sobera. Entonces intenté hacerle ver que su verdadera meta debiera ser desbancar a este último como el más ilustre de los presentadores de concursos del país. Su misión debía ser perfeccionarse y terminar barriendo el suelo con su actual némesis: Carlos Sobera. No cejar en ese objetivo hasta que todas las abuelas de este país le tuviesen como el yerno por antonomasia. Es decir, llegar a convertirse en un ícono mediático de la tercera edad como Ramón García. En ese punto Arturo cambió de parecer y me agradecía mi punto de vista que cambiaría (sin duda) su vida a mejor para siempre. A partir de ese instante su presencia se diluyó entre la de otros familiares.


Como el festejo familiar se celebraba en la casa de mis progenitores, yo terminé por agobiarme y decidí retirarme al piso de arriba (es un “chalese”) para ocultarme en mi habitación donde decidía echarme una cabezada [durmiendo dentro de un sueño igualito que en “Origen (Inception)"]. En eso que caía en esa orgásmica sensación de perfecta dormitación que se produce cuando te echas un rato antes de comer – quién lo probó lo sabe-. Despertaba en una armonía perfecta de absoluta y plena pereza ante las llamadas de mis familiares que me requerían para la comida advertidos de mi intencional escaqueo. En una lucha fratricida entre mi deseo de seguir sobando tan a gusto y las obligaciones de formar parte de un clan familiar. Inevitablemente pesaron más estás últimas. Bajaba las escaleras, observando como en lugar de estar todos sentados alrededor de una mesa, la comida era algo mucho más informal, cada comensal portaba un plato de papel y se acercaba a la mesa para servirse la pitanza. En ese instante descubría cuál es la comida estrella del día. Una novedad culinaria que estaba haciendo maravillas entre los invitados que no hacían más que regalar los oídos de las cocineras. Dicho plato consistía en una especie de buñuelo con la blanda textura de masa de donuts y su glaseado gelatinoso. Algo que con solamente verlo empalagaba, pero que tenía otra característica verdaderamente repugnante. Los buñuelos de masa se movían por sí mismos en cada uno de los platos. En ese instante observaba con detenimiento los buñuelos y compruebaba como se ondulaban y retorcían sin excepción. Veía como lo hacíann antes de introducirse en las bocas de mis familiares y como chorreaban esa suerte de pringue gelatinoso. Mi primera y lógica postura era la de negarme a probar semejante asquerosidad. Como hienas, mis familiares censuraban mi postura y me afeaban el gesto pueril de no probar algo hecho con el mayor de los cariños por las matriarcas de mi propia sangre. Zaheridos en su orgullo algún familiar aprovechó mi aturdimiento para poner en mis manos un plato con uno de los buñuelos traqueteantes. Arrugué el hocico con asco y me acerqué para olerlo. No olía a nada desagradable pero seguía desconfiando. Observaba que nadie empleaba cubiertos y lo engullían empleando sus propias manos. Yo necesitaba ver qué había en el interior y me alejé a la cocina en busca de un cuchillo con que partirlo. Así lo hacía. Procedía despacio temeroso de estar cercenando la vida de algo que al fin y al cabo se estaba moviendo. Abrí una incisión en centro de la masa goteando la gelatina azucarada que lo recubría. El fláccido buñuelo se retorcía con violencia y a través del orificio asomaba y se escabulló el más repugnante de los bichos: una escolopendra. Perturbado por el asco gritaba y entré en cólera. Volví a la reunión familiar y delante de todos abrí con el cuchillo varios buñuelos para que todos viesen mi descubrimiento. De cada buñuelo descubría su respectivo bicho de múltiples pies. Mi enajenación se incrementó y entre berridos buscaba que mi familia compartise mi total repulsión y asco. En contra de lo que cabria esperar, todos me miraban con estupor y me intentaban calmar como si fuese un loco de atar que se altera al ver a alguien comerse una gamba o un langostino. En ese instante de total incomprensión y azoramiento, desperté. Y con esto terminamos por hoy. Se agradecerán los profundos análisis interpretativos, los juicios de valor de andar por casa, así como los más hirientes comentarios o toda suerte de mofas y escarnios. Hasta la próxima.

2 comentarios:

  1. genial :-)
    (Yo tampoco entiendo por qué Gominolas no llegó a cuajar)
    csv

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