sábado, abril 14, 2012

El ying y el yang de ser un imbécil.

Ayer estaba en una fiesta de inauguración de nueva vivienda. Al poco de llegar vi como dos de las invitadas ( G. e I.)habían dejado sus efectos personales en una mesa. En este caso se trataba de sendos estuches hechos con cremalleras de colorines (un regalo que había realizado a ambas un amigo común tras su viaje a San Francisco). Lejos de utilizar los estuches portalápices para guardar su material escolar, estas muchachas -encantadas con sus respectivos regalos- con el fin de poder lucirlos los emplean para guardar el tabaco y diversos efectos personales de a diario. Al ver el mismo objeto repetido a escasos centímetros de distancia mi cerebro rememoró una anécdota que perpetraba hacía unos años en un insituto donde ejercía como docente.

En el colegio en cuestión, dentro de mi labor como adulto responsable se incluía hacer algunas guardias en los recreos. Antes de que sonase el timbre que avisaba del fin del mismo debía acudir a las clases y abrir las puertas. En aquel entonces tenía un alumno que por diferentes motivos estaba marginado y no tenía ninguna relación con otros alumnos. Lo de siempre, una pena. No sé por qué empecé a dejarle que me acompañase a realizar las rondas de abrir las puertas. Cosa que hacía encantado. Al llegar a la clase donde tenía mi tutoría de alumnos procedía a realizar pequeñas trastadas con el fin de divertirnos. Desatendiendo mi función como modelo de comportamiento responsable (pfff) cogía los estuches de mis alumnos e intercambiaba el contenido de uno por lo que hubiese en otro estuche al otro lado de la clase; entre otras acciones de igual calado. Esto que parece una soberana estupidez hacía que el alumno literalmente se tronchase de risa. Me parecía correcto hacer que ese muchacho pasase un buen rato y también sabía que en la clase donde lo hacía no iba a surgir ningún conflicto por esa tontada. Actuar como un idiota me daba un resultado positivo. Al recordar esta técnica "didáctica", decidí explicársela al anfitrión y proceder a cambiar de sitio los dos estuches iguales que tenía a mi alcance. ¿Con qué fin? Demostrar que pienso como un niño de doce años. Sin más. Por supuesto la fiesta transcurrió por sus cauces habituales y no se supo nada del intercambio. Pero quisieron los hados que horas más tarde replegase junto con I. en busca de los autobuses nocturnos de regreso al hogar. En la caminata ella procedió a abrir una de las cremalleras de su estuche para obtener una barrita cancerígena que fumar. Entonces descubrió el pastel. Ese no era el suyo. Inmediatamente me enorgullecí de la acción y declaré mi autoría. Pero la broma se tornó en tragedia cuando I. explicó que junto con el tabaco de liar y el mechero en el estuche guardaba una serie de medicamentos de índole personal y de uso diario. La posibilidad de retornar en busca de G. y deshacer el entuerto no se concretizó y hoy I. seguramente tendrá que cruzarse medio Madrid en busca de sus cosas. En este caso ser un imbécil y actuar como tal daba los resultados que cualquiera con dos dedos de frente podría vaticinar. No he escrito esta entrada porque me resulte divertida o por que crea que tenga el más mínimo interés, sino para poner de manifiesto que soy un soberano gilipollas y además pedirle disculpas a I. quien tiene el derecho reconocido de vengarse de mí como ella disponga.


El estuche multicremalleras de la discordia.

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