Vuelvo a escribir inspirado por las hazañas relatadas por los modernos Marcos Polos y el resurgir por la crónica viajística (¿existirá este palabro?). En esta ocasión hablaré de mi tour el pasada findesemaneo por la enigmática Lisboa. Lejos de pararme a listar y describir cronológicamente las diversas cosas que he hecho, visto o decir cuál manera de comer bacalao es la que más me chana; voy a intentar explicar cómo la falta de expectativas y los prejuicios puede hacerte disfrutar de lo más nimio.
En primer lugar diré que el jueves cuando me iba, sufría un inexplicable arrebato de ansiedad que me impulsaba a olvidarme del viaje y empujaba a perder los 40 euros que me costó el vuelo ida y vuelta. El argumento mayor a favor de la anulación, era que no sentía la más mínima curiosidad por conocer Portugal. Simple y llanamente. Aún así me obligué a ir, esperanzado en que un viaje de 3 días en plan 'pandi' con varias amistades y/o ex-compañeros laborales tendría valor en sí mismo. Además en caso de urgencia siempre podría escaquearme. Si la cosa se torcía, podría visitar tiendas de comics o estadios de fútbol o meterme al cine, es decir evadirme en mi 'rico' mundo interior.
Volvamos al principio de mis prejuicios y veamos qué alicientes podía objetivamente tener: ¿Qué sé realmente de Portugal? Prácticamente nada. ¿Tengo algún asidero para agarrarme a su idiosicracia? Umm, espera que piense... ¿Cine? no. ¿música? tampoco, ¿Literatura...? ¿Saramago? ¿Pessoa? Rotundamente NO. ¿Guimaraes Rosa? Esto, creo que es Brasileño... ¿algún aspecto que pueda interesar? Pues, siempre he oído que se come bien ¿pero qué me puede interesar entre medias de las comidas? Visitar museos o catedrales: Descartado. Solo me queda callejear a la búsqueda del fluir vital del populacho autóctono como materia observable.
He de decir que es ahí donde encontré mi interés por Lisboa. Una ciudad que me ha gustado al comprobar como me ha resultado encontrar un duplicado (imperfecto) de cómo era Madrid hace 20 años. aún siendo una ciudad moderna occidental con toda suerte de lujos, hay un punto cutre embelesador. Los comercios sencillos tipo 'Super de barrio','Mercerías', 'carnicerías' o 'Pastelerías' (estas últimas con con una plusmarca de díficil superación de una cada 20 metros aproximadamente) proliferan en sus calles e incluso en las zonas más turisticas se palpa la ausencia de tontería multinacional. También me ha gustado per sé el sistema de transportes, con especial enfasis hacia la red de tranvías antediluvianos que peligrosamente ascienden y descienden sus escarpadas y estrechas calles. No lo puedo evitar, en mi mezquina forma de ver el mundo siento más interés el feismo arquitectónico y la cercanía a la precariedad que por el historicismo y el encanto paisajistico.
¿Esto significa que debo aprender la lección, olvidarme de mis muchos prejuicios culturales y sacarme un billete el próximo verano para conocer Buenos Aires o Rio de Janeiro (por ejemplo)? Umm, creo que tampoco me ha gustado tanto Lisboa.
Hasta la próxima.
p.s. Mi mejor recuerdo de Lisboa es la última tarde que volví al apartamento y pillé en la tele 'El coloso en llamas', no se me ocurre plan turistico mejor que pasar la tarde viendo a Steve McQueen haciendo de bombero putoamo.
lunes, febrero 01, 2010
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