miércoles, mayo 20, 2009

Me estás tocando los pies.

Hoy concluía mi jornada laboral, cuando mandaba a los alumnos treceañeros a casa; durante el revuelo de recogida de cuadernos, libros, bolis, edings pa' grafitear, escuadras, catabones, compases, trasiego de sillas y pupitres. Una niña anónima (lamémosla Miriam, asi al azar) se acercaba a mí y me decía afectada: - Pablo, Benjamín (otro niño anónimo con nombre elegido al buen tún-tún) me ha vuelto a tocar el culo. -

Ipso facto, haciendo gala de mi papel de docente como mediador (pffffffff) debía ocultar el consejo ancestral y correcto que consiste en instar a la fémina a que cruce la cara del muchacho con un bofetón con la mano abierta. El caso es que también conocía los antecedentes y sabía que ese acto-reflejo innato ya había sido empleado por la joven en anteriores ocasiones sin el efecto esperado: disuadir futuras intentonas. El caso es que este tal Benjamin está enamorado como un perro de esta tal Miriam, y concretiza su amor en un romántico erosión por acoso y posterior (hipotético) derribo, consiguiendo un efecto insospechado en ella - tenerla frita - Al final esperando que saliesen todos los demás he cogido aparte a nuestro joven enamorijcao. Tras ver que las anteriores charlas no hacían mella en su proceder, he recurrido al siguiente paso lógico aplicarle una sanción admistrativa propia del régimen interno del centro educativo. Es decir, chivarme a sus progenitores (o tutores legales) poniendo en un papel lo que ha hecho para que se lo lleve a casa y se enteren de cómo las gasta su retoño fuera del hogar.

Normalmente debiera cortarme un pelo y obviar mis experiencias laborales como caldo de cultivo temático de esta bitácora, por múltiples razones. Es decir esta historia, en la que me recreado demasiado, no tendría ninguna trascendencia para contar aquí o en cualquier otro lugar, pero la razón por la que lo cuento es lo que acontence a partir de este punto.

Cambiamos de escena. Me encuentro redactando la nota en la sala de profes, en ese instante encuentro un momento en el que el pérfido fantasma de lo políticamente correcto anida en mi mente. Como cada vez que esto sucede (y me doy cuenta, claro) me doy bastante ascazo a mí mismo. Cuando no soy consciente obvia decir que da exactamente igual.
El caso es que a la hora de escrbir las palabras me di cuenta que no quedaba demasiado 'formal' utilizar la ´frase - su hijo toca el culo reiteradamente a una compañera y ésta se siente acosada. - quizá fuera un poco tosco para enviar a un padre. Así que durante cinco minutos caí en un infierno semántico en busca de las sinonimias adecuadas. En realidad no sólo las palabras 'tocar' y 'culo' eran conflictivas lo cierto es que todas las palabras del enunciado eran suceptibles de ser cambiadas por una expresión más cetera. Así pues, tras un rato de probar (con la desinteresada ayuda del remolino de compañeros que pululaban por allí) si 'culo' era un poco vulgar, 'trasero' ridículo, 'pompis' cursi, 'posaderas' anacrónico, 'bullarengue' demasiado cool, 'nalgas' inapropiado, 'orto' simplemente incorrecto y descartar el empleo de los verbos 'sobar', 'acosar', 'humillar' y tantos otros. Tomé la decisión de volver al enunciado original, sabiéndome un paria por haber perdido miserablemente el tiempo por intentar ser un maldito buenrrollista. Concluyendo, cada día tengo más claro que la profesión de docente está anclada en una espiral de declive sin fin. Llego 50 años tarde. Saludos.

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