domingo, febrero 01, 2009

Mira a ver como te arrimo una ostia.

No me considero una persona violenta. Es más soy de los que piensan que dada la ocasión, con las orejas gachas y sin pudor recurriré a la cobarde huida ante cualquier conflicto que pueda desembocar en violencia física (no así a la verbal o cualquier variante de terror psicológico). Probablemente se deba a que temo que recibiré mucho más de lo que pueda dar, o que sé que no sacaré nada en claro, o que sigo anclado en algún rol de pardillo de instituto y no salgo de ahí. En cualquier caso esta decisión me lleva siempre a mirar con desdén liberal y por encima del hombro como garrulos y gañanes a todos aquellos/as que a la mínima ocasión recurren a la violencia física (los malotes). En definitiva esta pacifista y poco-viril opción vital es la que me caracteriza desde siempre.

El pasado sábado, con posterior sorpresa me descubrí a mí mismo con ganas de pegar a otro ser humano. Salía yo de la oficina de Correos cuando en dirección opuesta a mí iban un hombre, una mujer y un niño. En eso que según se acercan a mi altura, el niño recibe una patada sobredimensionada del adulto. Es decir, una patada de verdad. La madre se queja y le dice que no se sobre y que se ha pasado. Él responde puerilmente que el niño (de unos 7 y 8 años) no deja de chincharle dándole pataditas. En ese momento crece en mi una inexplicable reacción y me acerqué al adulto con la sola idea de provocarle para devolverle el recado. Henchido de furia me pongo a su altura, sólo para descubrir que el supuesto adulto es un adolescente de unos dieciseis-diecisiete años con el cuerpo de un hombretón. Mi furia se contiene y le dejo con una sola mirada de odio visceral. Al final, sigo como siempre y huyo del conflicto.

Al seguir mi camino y dejarlos atrás, un hombre que está con su mujer y sus dos niños que mira hacia atrás me pregunta qué ha pasado pues ha escuchado un golpe. Le digo que el chaval le ha dado un patadón al niño. En ese instante y sin saber por qué le empiezo a decir a ese pobre hombre para mostrar mi repulsa que de no haber sido un adolescente, le habría reventado la cabeza. El hombre debió flipar conmigo debido a ese absurdo arrebato de violencia expontánea delante de sus hijos. Por lo que al final terminé quedando como un absoluto gañan. Lo peor de los dos lados del espectro: Cobarde y violento.

2 comentarios:

  1. Bueno, como señora, muchas veces tengo ganas de atizar a según qué personal, pero en mi caso es imposible que pueda ganar en la gran mayoría de los casos, por lo que debo contenerme.

    Una solución -fea, lo sé- a esa impotencia que nos asola a veces es irse a buscar a alguien que sea capaz de ganar, sean autoridades o amigos fornidos, no siempre un cuerpo musculado es sinónimo de fuerza física, a veces es sinónimo de esteroides y ya.

    ResponderEliminar
  2. pues me acabas de describir al dedillo.
    me acojonas, macho.

    ResponderEliminar

Lo + seguido