sábado, noviembre 08, 2008

Never been kissed

Hoy he comprendido mi primer dialogo en rumano. Sábado por la mañana, emprendía mis pequeñas rutinas: biblioteca, correos, supermercado… a la vuelta esperaba en el autobús hojeando con desinterés un par de libros. En la marquesina roja del autobús se sentaba a mi vera una mujer rechoncha de unos cincuenta años vestida de domingo, maquillada con rodillo de TVShop y con ropa en flamantes tonos turquesa como sacada de un mercadillo de mil novecientos ochenta y siete. En la espera ha aparecido al otro lado de la calle otra mujer a la que la mujer de mi lado ha llamado pegando un berrido. La otra con una sobriedad digna de elogio se ha acercado al paso de cebra y tranquilamente ha cruzado hasta la posición de su amistad. Se han saludado, y la mujer sentada a mi lado ha sacado de un bolso que me veo incapaz de describir, una ristra de cajas de cedés con carátulas de manufactura casera. Ha ido seleccionando cuidadosamente de entre lo que tenía y dándoselo a su amistad. Tras ese momento, ha empezado una conversación unidireccional que con la dificultad de estar codificada en un idioma del que no entiendo ni media (a pesar de su origen romance) he podido desgranar y comprender creo que con bastante fidelidad.

Con poderosos aspavientos la señora de turquesa ha empezado a arremeter contra la sociedad en la que ahora vive. Sus quejas se centraban en la pérdida de nivel de vida que sufre desde que llego a España en comparación con un utópico estado del bienestar que tenía en su Rumania natal. Una vez comprendida la tesis esencial, los argumentos se comprendían a la perfección uno detrás de otro: que si tener que limpiar ocho casas a la vez para sobrevivir era inhumano, que si en Rumania pagaban más, que si por no hablar español la consideraban tonta diciéndoselo a la cara, que si en Rumania contratas a una chica española para limpiar se la trataría mucho mejor etc… verdades como puños que además se fortalecían por ser expresados a gritos, entre risotadas y utilizando la palabra –mierda- (no sé si en un guiño cómplice al castellano o en rumano original) y reforzado con el siempre efectivo gesto de hacer como que se escupe al suelo. La otra mujer rumana a todo esto escuchaba pacientemente si decir una sola palabra y esperando que acabase para llevar la fruta que había comprado a su hogar. Yo inevitablemente sopesaba sus razonamientos y pensaba qué trabajos podría conseguir una mujer de las mismas características físicas y nivel sociocultural similar pero de nacionalidad hispana en el cruel mundo que nos toca vivir. Creo que con la salvedad de poder conseguir un contrato laboral sin dificultad yo no lo contrataría de nada y si tuviese que hacerlo sólo lo haría en algo que nadie más quisiese.

Los hados han querido darme de nuevo una lección vital más con otra mujer entrada en la cincuentena como protagonista. Cuando he llegado a mi hogar, entregaba a mi progenitora la cantidad que me ha parecido bien para que se compre algo por su cumpleaños. Hace tiempo que desistí de comprar cosas que no le gustaban aunque hacia parecer que sí. Entonces requerí que pensaba adquirir como regalo y me ha confesado que le había echado el ojo a un preciosísimo chándal de terciopelo que le vendrá niquelado para sacar a los perros por la vecindad. Después de sugerir con claridad que ni se le ocurriese utilizar el dinero de mi regalo en semejante dislate, he recordado a la señora del autobús y comprendido que quizá no haya una distancia insalvable como pensé media hora antes.

Adeu.

1 comentario:

  1. Apuesto a que no te has dado cuenta todavía de que en realidad sí sabes rumano. Dado el amplio número de ciudadanos cosladeños que poseen este mismo origen, y la de años que te has tirado conviviendo con ellos, has pasado por un proceso semejante al de Antonio Banderas en El Guerrero Número 13.
    Por cierto, ¿para cuándo un panegírico Michael Chrichton?

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