domingo, noviembre 02, 2008

La delgada línea que separa vanguardia de buenrrollismo.

Últimamente he adquirido el feo vicio de adquirir tebeos de gente que ya no los quiere y amablemente a cambio de distintas tarifas les proporciono un hogar digno. También hago yo lo mismo intentando deshacerme de aquello que ya no quiero. La mencionada actividad me llevó esta semana a desplazarme hasta la inhóspita estación de metro de Plaza Elíptica, donde había quedado con un señor desconocido con el que había apalabrado unos tebeos.

Allí estaba yo, sosteniendo entre mis manos un ejemplar de Ana Karenina, muerto de frío y sintiéndome ridículo por quedar con un desconocido por algo tan tonto, sólo para ahorrarme ocho euros de un anónimo paquete postal. Observaba a todo aquel que aparecía en la lontananza, buscando la cabeza rapada que me había dado como identificación mi contacto. Cuando veo que se acercaba hasta mi posición una treintañera con un extraño trote. Una muchacha que desde la primera impresión catalogaría con los rasgos fisiológicos injustamente asociados – excepto a todo aquel que pertenezca a un endogámico linaje real – a una inteligencia genéticamente poco desarrollada.

Pues bien, nuestra aparente borderline protagonista llegó a mi posición y emitió una pregunta sobre la que saqué dos conclusiones. La primera era que la chica era inmigrante y la segunda que no había entendido una mierda de lo que me había dicho. Le pedí que repitiese lo que me había preguntado, dos y hasta tres veces, pero los resultados eran los mismos. No entendía esa lengua que me sonaba a una suerte de portugués bizarro. Entonces ella acompañó su ininteligible interrogación con un gesto inequívoco: un acompasado choque de sus palmas a la altura del pecho. Como buen filólogo que se ha empapado de la comunicación no verbal floradavisiana pude entonces descifrar el final del enigmático mensaje: - blablabla blabla bla batir palmas

Con esa información ya deduje que la pregunta era si yo estaba en ese lugar para batir palmas o si había visto a otros que sí lo hiciesen. Le trasmití con incredulidad que no sabía nada sobre ese tema. Ella se marchó hacia la parada del autobús supongo que a preguntar a la gente si sabían algo de los que batían palmas que allí se reunían. Entonces yo me quedé con la idea de que había una serie de gente que quedaba aleatoriamente en distintos puntos de Madrid a una hora determinada y cuando se encontraban, sin cruzar una palabra, ni presentarse, ni nada. Sólo se colocaban en círculo y se ponían frenéticamente a aplaudir, para después cada uno en anónimo silencio marcharse por su camino.

Dicho parecer que desde el primer momento me pareció una tontada, me hace reflexionar sobre las manifestaciones espontáneas e inútiles que tanto abundan (aunque no lo parezca). En mi simpleza tiendo a considerar estos artisteos como estúpidas buenrrolladas cuando su forma o su fin tienen un tinte positivo (ejemplos: batir palmas, abrazarse con desconocidos, morreos colectivos...), mientras que si un acto de estas características tiene algún fin destructivo rozando lo vandálico (ejemplos: quema de contenedores, escritura de grafittis diversos en mobiliario urbano, secuestro de carritos de supermercado y posterior abandono en los lugares más insospechados...) no dudo en denominarlo vanguardista y verdaderamente artístico, supongo que por la necesidad de una cierta carga crítica y por un carácter más individual.


Mientras pensaba yo estas cosas e imaginaba teorías conspirativas de logias masónicas de batidores de palmas, la realidad hizo acto de presencia dándome una de sus demoledoras lecciones para bajarme de las nubes de la tergiversación de hechos. Aparecieron una pareja de quinceañeros maqueados al mínimo detalle con una elegancia estilo Choni que a mí me resulta una pinta ideal para ir a robar el super de una gasolinera y poco más. También se acercaron atraídos como moscas por mi solitaria espera, para preguntarme si estaba allí para lo mismo que ellos. Al parecer el emplazamiento que yo había elegido al azar era el lugar donde se recogía al público que asistía a las emisiones del programa Factor-X . No sé muy bien porque cuento esta historia más que para remarcar mi estupidez, o si hay alguna moraleja, o si realmente he aprendido algo, o si se trata de otra inútil manifestación de buenrrollismo encubierto. En cualquier caso cumplo con el mínimo de una entrada a la semana que me he autoimpuesto y me despido moviendo la mano hasta la próxima.

3 comentarios:

  1. es buenísima la situación que describes! me pasearé por ese lugar cuando vaya a madrid, a ver que etnias descubro

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  2. ¿Secuestro de carritos de supermercado y posterior abandono en lugares más insospechados?!!! Dios mío qué total! No había oído nada tan excitante desde que era niño cuando alguien (bendito sea!) se inventó el juego de llamar a los timbres y salir corriendo. Con la de veces que quedamos y nunca me propones nada de esta categoría... ¿Acaso te lo reservas para tus amigos guays?

    (muy dolido)
    M.B.

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  3. Ahh... Carreras de carritos de supermercados. ¡Que gratos recuerdos, pardiez!

    La cuestion es... ¿Al final aparecio el tipo de los tebeos? ¿Que tebeos eran? y enlazando... ¿Te acercaras al expofriki este año?

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