domingo, noviembre 23, 2008

Indalecio Prieto p'arriba, Indalecio Prieto p'abajo.

Pensaba ignorante que la adquisición y pública ostentación del último cacharro tecnológico –cuanto más caro, canijo y potente mejor- hacía a su propietario de una fugaz jerarquía sobre esa abstracción capitalista que es ‘estar a la última’, pero hace un par de días descubrí en un transitado bulevar de Vicálvaro un inquietante tableu vivant que ilustra que es realmente marcar tendencias.

Encontrábame yo haciendo tiempo para entrar en mi curso municipal de los jueves y decidí entrar a un ultramarinos regentado por un inmigrante de origen asiático (vulgo: un chino) a comprar un botellín de agua. Al cruzar el umbral me convertía en espectador de una conversación in media res. El primero de los interlocutores era un joven cristianoviejo de tez morena, musculazos brazos tatuados, pelo con desconcertantes mechas rubias y un elegante Mullet. En el rincón del cuadrilátero comunicativo destinado al papel del receptor, se encontraba una niña de unos once/doce años de atuendo y rasgos fisilógicos árabes. Sin voz pero con presencia flanqueaban a los dos contertulios sendos empleados asiáticos, uno vigilando en la puerta y otro cobrando tras el mostrador donde un ordenador portátil que hacía de hilo musical del local, era el leit motiv de lo dialogado.

El muchacho de los brazos tatuado hablaba de su dominio de lo tecnológico y ante la perplejidad de la cría. Presumía de cómo conectarse a Internet era cosa sencilla gracias al invento de las redes inalámbricas. La niña rebatió sobre el precio de Internet, pero el muchacho didáctico, dogmatizó diciendo que pagar por acceder a Internet era cosa de majaderos habiendo en su domicilio conexiones vecinales a las que enchufarse por la patilla. En esto, yo ya estaba pagando mi agua e iba a encaminar mis pasos hacia la salida. Cuando el muchacho interrumpía la cháchara, cogía el ordenador portátil del mostrador (que yo creía propiedad de los dueñlos del local) y aún abierto y con la música sonando se dirigía también a la calle. Allí disfruté de la estampa que me encandiló y por la cual escribo estas líneas. Igual que las míticas siluetas de los centauros a los hombres antiguos, sé que entre mis referentes futuros estará siempre la imagen de un muchacho siendo el primero que lleva por la calle su ordenador con la pantalla al viento y compartiendo su tracklist de éxitos de rumba post-catalana como si fuese mismamente el gachó primigenio que llevó al hombro un loro de dos pletinas hace dos décadas.

Como diría Cho.: - ¡Bienvenidos al siglo XXI! -

P.S. No quiero obviar la anécdota que me relató MB, en la que contaba como los abuelillos postmodernos de su gimnasio vallecano, también se declaran en rebeldía de la tiranía de de los Ipozs, Ifons, telefonos móviles, emepetreses, emepecuatros y demás zarandajas, llevándose el transistor (sin auriculares) y colocándolo en el hueco destinado para la botella de agua. Pudiendo así pedalear o trotar alegremente al ritmo de los hits copleros de Radio Olé.

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