martes, agosto 19, 2008

Soy de 1930 ¿y usted?

Contaré como esta mañana de madrugón me dirigía al siempre inevitable centro de la capital del imperio hispánico. Como es habitual en los últimos años durante Agosto coger el Metro de Madrid sin toparse con algún parón del servicio es una tarea titánica. Este año conmigo han dado de lleno pues ha tocado en las dos líneas que más utilizo, pero bueno todo sea por la gloria de Gallardón. Así que en Atocha he tenido que cambiar la rapidez matinal del subterráneo por el estrés de los semáforos y el tráfico fluido del centro en Agosto. Decidí coger las líneas de bus 26 o 32 que sabía me dejarían en Jacinto Benavente a dos patadas de mi destino. Allí presencié una escena que me ha hecho gracia y procedo a relatar:

Como fui de los primeros en subir no tuve problemas en acechar un asiento y posar mis cansadas nalgas en él y desde dicho lugar observé, sin inmutarme ni un segundo, como un ejemplar de jubilado con muletas subía el último al bus. Ojo avizor - el que será protagonista de la historia - antes que nadie como un caballero procede a levantarse y ceder educadamente el sitio al abuelete. Pero he aquí la tragedia, cuando el cededor de asiento era también otro jubilado con muleta. Imposible situación que hace en segundos que todo el bus se levante de sus sitios acogotados por la culpa y la búsqueda del orden de aquello de lo que debe ser. En un par de segundos todos los pasajeros cambian de lugar y los ancianos muleteros quedan sentados uno frente al otro. En ese instante en que son el centro de atención. Aquel que cedió su sitio al otro intenta iniciar una conversación justificando su acto. - Yo le cedía el lugar porque está usted más mayor que yo - Este arrebato de poco diplomática vanidad me llamó la atención. Primero porque el sujeto que aseguraba ser más joven, tenía pinta de ser más yayo que el otro. Si bien el más joven estaba más flacucho y la piel sobrante le avejentaba, el otro más rollizo, estaba obviamente más talludito. Y segundo porque ese brote de coquetería me subyugó. El yayo con muletas más delgado se caracterizó desde un primer momento por la mesura y no sintiéndose amenazado dejo correr el comentario con elegancia y pasando ipso facto a pensar en sus cosas.

El abuelete con muletas más rollizo, podría ser descrito como ese tipo de persona campechana de gracejo castellanomanchego, en realidad tenía un objetivo desde el primer momento. Y ese era una buena conversación con un desconocido. Ni corto ni perezoso empezó a soltar todas sus frases rompehielos, a cada cual más chanante. Primero recurrió al tópico metereológico diciendo con esa rara suerte de ironía sin cinismo (que personalmente yo creo ser incapaz de emitir) con el infalible y lapidario dicho veraniego - Parece que hoy no va haber que encender lumbre ¿verdad? - Esa tronchante sentencia no consiguió el efecto esperado en su interlocutor, pero nuestro héroe era terco y no pensaba desfallecer. Se sucedieron otro par de intentos con los mismos resultados. Continuó tras incomodos segundos de silencio retomó la estrategia de lo generacional y soltó como si nada - Soy de 1930 ¿y usted? - entonces el otro sabiéndose vencido, sonrió admitiendo su derrota y pasó el resto del trayecto por la calle Atocha charlando amigablemente sobre cual es la última parada si Jacinto Benavente o Tirso de Molina, número de nietos y todo aquello le pasaba por la cabeza al vencedor.

Esta historia no tiene moraleja propiamente dicha. Pero si quiero expresar como me entristece como la tecnología via reproductores de música, móviles, videojuegos o la dañina lectura de bestsellers está poco a poco matando la interacción social en los transportes públicos. Y por otro lado expresar como me mola la gente (aunque en ocasiones puedan resultar cansinas) que pueda ponerse a hablar con quien se le ponga delante sin importarle un comino lo que al otro le pueda apetecer.

3 comentarios:

  1. Ay me lo paso pipa con estos momentazos que brinda de vez en cuando el transporte público. Yo a veces incluso bajo disimuladamente el volumen de los cascos (q antiguo suena "cascos", no?), para poner la antena y pasármelo bien un rato :)
    Qué relato divertido, chico!

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  2. Amiga contraportada, cotillear en los transportes públicos será deporte olimpico en Madrid 2000 y pico. A todos nos gusta especilamente en esos mágicos lugares, son auténticos filones de caviar. Yo no bajo el volumen del emepetres, simplemente lo apago dejándome los cajcos puestos y con el radar en plena potencia. Alégrome de que le gusten estas transcripciones de la siempre brutal realidad.

    Por último, decir auriculares a mí me suena fatal. Cajcos es mucho más digno.

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  3. yo me encuentro con frecuencia entre las víctimas (eso sí, me encanta) de los conversadores del transporte público. Será algo en mi ropa, o mis cajcos, que no convencen...
    En cualquier caso el viaje de Móstoles a Guzmán el Bueno dos veces al día me reporta grandes momentos como el que has descrito. A ver si me decido a escribir un libro de viajes a la vuelta de estas vacaciones en pereza.
    Gracias majete.

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