sábado, agosto 02, 2008

Seguro que todavía guardas fotocopias de todo aquello en algún lado, mitómano.

Un chico joven sale detrás de mí al abandonar un comercio. Es uno de los dependientes. Aunque no me ha atendido, sé que ha estado pendiente de mi conversación/transacción con su compañero. Mi primera reacción a su llamada es pensar que me he olvidado las llaves, el DNI, algún papel o cualquier otro objeto personal y por eso sale corriendo en mi busca. La historia no es así, el muchacho quería hacerme un encargo.

El comercio en cuestión era una agencia de viajes cosladeña, donde deposité mi confianza para organizar mi inminente viaje a Nueva York (Coney Island preparate!). Hoy me acerqué para abonar el importe que me faltaba y recoger los billetes, folletos, papelajos y la cámara de fotos digital de 8 megapixeles de promoción regalo ¿? Pues bien, al concluir la transacción económica y recibir mi servicio, yo en plan campechano suelto como si nada el típico formalismo: - Bueno ya vendré a contaros qué tal... - Estrecho la mano del amable señor que me ha atendido y encamino mis pasos hacia la salida con la certeza de que no volveré, a no ser que algo salga mal. Salgo y entonces ese chico con el que sólo había cruzado unas palabras, hace como un mes y estrictamente destinadas a las dudas de mi viaje, me requiere. Ni corto, ni perezoso me pregunta: - ¿Te puedo hacer un encargo? - Una mezcla de horror y curiosidad morbosa por saber qué cojones me iba a pedir atenazan mi cuerpo. Y contesto: - Dispara. -

Su petición me epata. Lo que quiere que le compre en Nueva York es una gorra y que me la paga cuando vuelva. Mi torpeza ante algo no esperado se hace tangible y mi siguiente pregunta me delata como un autentico patán: - Pero, ¿de qué talla? - el chico no sabe que decir ante mi estupidez y me dice que le da igual como sea sólo quiere que se vea que es de América. Al parecer, hace colección de los sitios a los que viaja (¿él?) y le debe faltar una americanada. Cruza mi pensamiento la idea de que probablemte si intento comprar una gorra en Madrid el 99% de las que encuentre tendrán motivos inequívocamente norteamericanos (banderas, anagramas de NYC, equipos de baloncesto o beisbol...) en su estampado, pero me callo la boca y le digo al chico que lo intentaré. Vuelve a expresarme su intención de pagármela a la vuelta y me despido.

Os parecerá con toda la razón una insignificancia más que olvidar y os preguntareís por qué seguir leyendo. Pero he de decir que me gusta el hecho de que haya gente que vaya pidiendo absurdos favores a desconocidos. Yo durante mucho tiempo he estado requiriendo a mis conocidos, amigos y saludados para que cuando se fuesen de viaje me trajeran un souvenir. El cual debía ser una bola de nieve que acreditase el lugar visitado y ninguna otra cosa. Las reglas eran fáciles, yo no debía ir en ese viaje y tampoco podía pagarla, debía ser un regalo. Hace tiempo que ya no lo pido más, en verdad ya no sé que hacer con todas las muchas bolas de nieve que tengo. No mantengo interés en esta absurda colección, aunque aún quedan un par de fieles que me las siguen regalando y a los que no sé qué cara poner cunado me las dan con toda la ilusión. Al fin y al cabo lo que hacen es cumplir con algo que les pedí hace tiempo y supongo que lo harán por aprecio a mí.

Por supuesto no os quepa ninguna duda de que ahora tengo la convicción de que compraré la gorra y por otra parte tengo una clarísima visión de futuro en la que al llevar la gorra a la agencia de viajes y preguntar por el joven, los dependientes me dirán que ningún chico de la descripción dada ha trabajado este verano. Mirándome como si estuviese chalado me contarán que hace veinte años un chico que coleccionaba gorras murió en extrañas circunstancias mientras trabajaba en el mismo local que antes era - por ejemplo- una carnicería. De fijo que va a pasar algo así.

2 comentarios:

  1. Joder, yo pensaba que esas cosas sólo me pasaban a mí.
    Ah, ¡saluda a los Warriors!

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  2. Esto me recuerda a un día hace ya años en el que a mi madre se le ocurrió decir que le gustaban las campanitas y que se había comprado una de recuerdo -pongamos- en Cuenca...
    Las campanitas traidas por primos, vecinos, amigos y demás familia de todas las formas, sonidos y colores posibles empiezan a no dejar sitio en la repisa del salón. Estoy convencida que aunq lo niegue,mi madre empieza a arrepentirse.
    Me parto con tu historia, y fliparás con Niuyol, estoy segura a pesar de no conocerte. Porque con NYC se flipa, no hay otra opción.
    Me muero de endibia y eso q ya he estado (quizás más por eso)...

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