domingo, junio 29, 2008

A quién le importa, lo que yo haga.

En estos días en los que el calor ahora funde el asfalto, hace que las gentes de bien muestren sus carnes a quienesquiera mire en su dirección y hace que la vida carezca de sentido antes de las diez de la noche recuerdo un hecho que acaeció aproximadamente hace un año. Pues bien, en esas fechas tenía yo un trabajo completamente distinto y en un break oficinesco bajé junto a otros dos gladiadores del ierrepefe a tomarnos algo tan propio del clima reinante como es un buen helado. Rememoro como J.M.R. y yo flipamos ante la penúltima excentricidad de J. el politoxicómano (su mote laboral). Al abrir su Mágnum delante del kiosco de helados y ver que la película de chocolate no estaba en perfecto estado de conservación sino parcialmente resquebrajada. Esto hizo que J el politoxicómano ni corto, ni perezoso y en lo que en su momento me pareció el sumun de ser tiquismiquis en la vida, dio la vuelta sobre sus pasos y educadamente pidió a la chica del puesto de helados que le diese otro helado puesto que el suyo estaba ‘roto’. En ese instante le montamos un cristo, demonizando contra él, como suele hacer la gente tolerante como éramos nosotros intentando hacerle ver que su modo de proceder era insolidario, ya que no tenía en cuenta que el dueño del puesto no vivía del aire y que si todos fuésemos como él se arruinaría y otra serie de argumentaciones sofistas (o surfistas) de completo medio pelo. J. el politoxicómano no sólo no nos hizo ni puñetero caso sino que se centraba dichoso en engullir su helado en perfecto estado como los que portan la Pataky o la Longoria en sus respectivos spots televisivos.


Ahora que ha pasado el tiempo empiezo a vislumbrar que J. nos dio toda una lección esencial de cómo proceder en la vida. El elitismo puro y duro. Ese mis cosas son mis cosas y tienen que ser como a mí me gustan. Por ejemplo es inexplicable que a mí que soy un aficionado al fútbol me dé por saco que todo la chusma que habitualmente mira con cara de absoluto asco y sobrada superioridad a quien comenta cualquier parida acerca del noble arte de balompié, estos días no se acerque a otro ser humano sin que fuerce sacar un tema que les importa un bledo y del que además no pueden aportar más que torpes lugares comunes repetidos de boca en boca. Me parece estupendo que la gente celebre y disfrute con las gestas de la selección, mas no puedo evitar sentirme en otra liga y me crea repulsión quienes hacen las cosas por postureo (aunque sea yo en ocasiones quien lo haga) o moda. A mí me gusta el fútbol sin tener en cuenta que al equipo de mi país (donde nací, vivo y seguramente falleceré) le gane hasta la selección más tiñosa. Me gusta el fútbol independientemente de poder sentirme ganador, soy seguidor del Atleti, no tengo que justificar nada más y vería todos los partidos de la Eurocopa y en especial la final sin importarme que fuera un San Marino – Luxemburgo o cualquier otra opción por absurda que os parezca. En un rato veré el partido en el salón de casa con mi progenitor como haríamos de no jugar España y por esa misma razón no hablaré en menos de un mes del partido de hoy con nadie de quien tenga la seguridad que es verdadero aficionado y por tanto pueda decirme de carrerilla los fichajes que está haciendo este verano el Numancia. Esto último en previsión de la improbable victoria y sus seguras consecuencias. Ahora mismo creo que este proceder de turbio elitismo debiera aplicarlo a otros ámbitos de mi vida. Pero es algo mucho más complejo y deberé seguir poco a poco.

Ahora a ver si se obra el milagro y ganamos a la todopoderosa Alemania.



P.S. Horas después:

Se obró el milagro.



Pues sí.

España 1 - Deutchland 0

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