lunes, mayo 26, 2008

Madre no hay más que una, la que te toca.

Hoy cuento una anécdota que surgía el pasado viernes mientras esperábamos a lo que a la postre fue una decepcionante ‘Indiana Jones Cuatro’, aunque tengo en cuenta que en dicho momento estaban poco más o menos la mitad de mis lectores del bloj, decido recrearla para los otros tres o cuatro. No sé a cuento de qué, M.B. comentó cómo lo impresionó positivamente su señora madre el día de su vida adulta en que su madre sacó de un cajón del olvido, un taco de misteriosas cartas. Las cuales resultaron ser las perfectamente conservadas cartas manuscritas a sus Majestades los Reyes Magos de Oriente de toda su infancia. Un innegable acto de amor maternal que a todos nos impresionó sobremanera. Y cuando no podíamos pensar que pudiese haber una madre que quisiese más a su único hijo, M.B. literalmente nos mató cuando explicó que además había enmarcado la primera misiva de su retoño y henchida de orgullo al borde de la explosión, la tenía colgada en una pared de casa. En ese momento todos los presentes (M.A., ., R.G., G.L. y yo) nos pusimos a suplicar a M.B. que nos hiciese llegar en futuras reuniones dichas cartas a los reyes y el se disculpó diciendo que tuviésemos en cuentas que estaban llenas de faltas de ortografía. ¿¿??


En ese instante yo que soy de natural envidioso y quería robarle su papel protagonista de la reunión, no pudiendo superar la labor amorosa de su madre, decidí utilizar ese viejo truco de la vuelta de tuerca, haciendo ver lo chunga que es mi vida en comparación. Pues bien, uno de los tres recuerdos que tengo de mi infancia en relación con los Reyes Magos, es cómo siendo yo un tierno infante que creía con una fe inquebrantable, también escribía mis cartas a los Reyes. Sólo que la actitud de mi progenitora distaba un tanto de la que hacía gala la madre de mi colega. Mi progenitora menos mitómana con las infancias de sus hijos, nos llevaba a entregar las cartas, deshaciéndose indefectiblemente de ellas. Hasta aquí todo parece normal, pero aquí entran en juego mis vividos recuerdos, cuando en lugar de hacernos dejar la carta en un buzón de correos o en la saca de los pajes del CorteInglés, mi progenitora me hacía tirar los sobres con mis peticiones en una rejilla de ventilación que había en un sótano cualquiera de la calle en el camino de casa al cole. Dejándome a mí con el trauma y la irresoluble duda de que mis peticiones materiales llegasen a los Reyes Magos, a pesar de que ella me aseguraba que aunque pareciese que mi carta habría ido a parar a un húmedo garaje o almacén, ella no dudaba de que llegara a su destino Real.

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