sábado, junio 03, 2006

Sospechosos habituales

Hace unos días "alguien" me relato como unos conocidos suyos habían pasado el anterior fin de semana en la cárcel porque la poli les pilló in fraganti mientras cometían un tremendo acto de vandalismo. Es decir que los pillaron borrachos dedicándose a destrozar los parquímetros de Gallardon y al ser viernes permanecieron bajo sombra hasta el lunes siguiente pfffffffffff hay que ser! Todo esto me recuerda a lo largo de mi vida la serie de personas de mi entorno que por hache o por be han terminado pasando una noche en el talego, especialmente reconfortante y a la par ejemplificante de cara a los jóvenes es la historia de R.T. que termino en ‘chirona’ por defender a un mendigo del (según él) vejatorio trato que le estaban dando una pareja de maderos, a los que termino increpando y a consecuencia fue él quien pago los platos rotos. Lo último que se de este chico es que tras promocionar whisky Dyc por los bares y pubs de Castilla se marcho a Camboya de cooperante a limpiar las heridas a los leprosos del lugar o similar. Es decir que se le veía venir desde lejos.


Todo esto me lleva a reflexionar el porqué yo nunca he terminado pasando una noche en la cárcel ¿Por sentido común? ¿Por no darle el más grande disgusto a mi progenitora de cara a sus vecinas? No lo sé. Aunque si tengo que elegir me decanto por los parquímetros que por defender mendigos. Yo soy así. Aunque en mi educación sentimental haya este inmenso vacío de no haber pasado nunca por el trance de estar privado de libertad por la policía, en mi oscuro pasado si hay experiencias relacionadas con el orden publico y las fuerzas de orden público también de suma tristeza.


He de remontarme a mi más cándida mocedad, la tempestuosa época del instituto. Una época de la que debería autocensurarme de contar aquí y reservar para aburrir a mi psicoanalista (pa’ cuando lo tenga, que para eso le pagaré), pero hoy haré una nueva excepción. Resulta que junto a mi instituto se situaban los juzgados del municipio. Y en varias ocasiones mientras los jovenzuelos del lugar pasábamos la mañana en un banco mirando a las nubes, jugando al mus, comiendo pipas, fumando o rellenando los puntos de nuestros equipos de 'La Liga fantástica Marca'(el grueso de nuestras ocupaciones) se nos acercaba el típico policía Nacional y nos preguntaba si podíamos hacerle un favor.


El favor en cuestión era que se necesitaba gente para hacer bulto en una rueda de reconocimiento y a falta de policías adultos de paisano (como sucede en las películas) nada mejor que un grupo de quinceañeros. En fin, como nada mejor había que hacer normalmente se accedia a echar una mano a los agentes del orden. Así que entrábamos en los juzgados y nos ponian en fila con el verdadero sospechoso entre nosotros. Dándose la situación de ver al sospechoso que solía ser todo un gitanazo con pintas lamentables rodeado de un grupo de jovenzuelos todos vestidos con pantalones del chándal o con vaqueros Liberto de color blanco (menos mal que nadie los lleva ya) y sus politos Lacoste o Tommy Hilfiger, para que el testigo pudiese jugar a ¿Dónde está wally? Sin dificultad alguna. Lo cual ahora con los años me resulta una estampa de lo más guay y postmoderna, que cada vez que recuerdo me hace esbozar una sonrisa de añoranza por los tiempos pasados.




Deu

3 comentarios:

  1. Que suerte tener esos recuerdos simpáticos de tu relación con las fuerzas del orden. Yo solo tengo recuerdos de ellos por las multas que me han impuesto.


    Saludos.

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  2. Pues a mi me pasó lo mismo con unos colegas en un verano de nuestra adolescencia. Pero a nosotros no nos pidieron amablemente el favor, sino que nos metieron directamente en el furgón y allí nos vimos con nuestras melenas, nuestras emergentes barbas, bronceados y nuestra indumentaria descuidada. El delincuente parecía un ejecutivo a nuestro lado... Y nos echaba unas miradas...

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  3. jajaja, que suerte, ya me hubiese gustado a mí que me pasase eso, pero no. ¡Qué infancia más descafeinada la mía!

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